Compartir
Editorial “Mi recuerdo de Eusebio Ruvalcaba” por Eloy Garza

Editorial “Mi recuerdo de Eusebio Ruvalcaba” por Eloy Garza

Editorial a cargo de Eloy Garza González

Mi recuerdo de Eusebio Ruvalcaba

Acaba de morir hace algunas horas el novelista mexicano Eusebio Ruvalcaba de un derrame cerebral. A mí no me gustan las novelas que escribió (ni siquiera la muy celebrada Un hilito de sangre). Me parecían deshilvanadas, faltas de fuelle, poco trascendentes. Pero casualmente, cuando viví en México, a finales de los años 90, llegué a la casa de Guillermo Samperio (muerto también recientemente a causa de un infarto) donde se impartían talleres de creación literaria, muy bien cobrados por cierto.

Esperaba que Samperio, a quien admiraba como cuentista, me adentrara en los meandros de la narrativa. Pero resultó que el taller lo impartía Eusebio Ruvalcaba. El grupo lo integraban tres chavos punk, dos maestros de primaria, una viejita casi iletrada y una muchacha universitaria, de muy buen ver, pero pésima como narradora.

Todos llevamos nuestros borradores de novela para “tallerearlos”. La viejita había escrito una novela absurda sobre dos nietos que amaban mucho a su abuelita y la llevan a turistear a Teotihuacán. Fue la burla generalizada. Humanitario como soy, me puse a defender las buenas intenciones de la viejita al escribir su bodrio. Eusebio se encabronó: no se debe ser condescendiente con la mediocridad. O se escribe bien o se dedica uno a otra cosa. Yo me hundí en mi silla poco a poco: mi mentor tenía razón. (editorial)

A mí se me ocurrió leerles los primeros capítulos de una novela sobre un burócrata de La Portales que tocaba el violín y lo inhabilitan por veinte años de cualquier cargo público por un pequeño error que cometió en un oficio administrativo. La mayoría de mis compañeros me criticaron porque decían que mi novela era muy esperpéntica. Y yo les contesté que precisamente ese era el género que había elegido para mi novela, un esperpento, como los de mi admirado Ramón María del Valle-Inclán. Todos se miraron intrigados: ¿quién carajos era ese tal Ramón María del no se qué?

Eusebio se puso de parte de los demás del grupo, pero reconoció que mi personaje tenía vitalidad: parecía que estaba vivo. Luego, meses después, me enteré que el papá de Eusebio también había sido violinista, nada menos que el gran músico don Higinio Ruvalcaba, y por nada del mundo me quité la sospecha de que Eusebio me agarró tirria desde entonces porque pensó que yo había inventado adrede al protagonista de mi novela como violinista aficionado. Juro que fue una maldita causalidad. (editorial)

La universitaria en cambio, de muy buen ver, recibió elogios desmesurados de Eusebio, aunque su narración era una vil copia del estilo de José Agustín, con aires de canción de Maldita Vecindad. No duré más de dos sesiones en ese taller que se había convertido en el templo de adoración de la imitadora de José Agustin.

Decepcionado, tiré a la basura mi novela sobre el burócrata violinista y no volví a pisar un taller de creación literaria: no me quedaron ganas. Menos cuando en la Feria del Libro de Guadalajara me topé a Eusebio Ruvalcaba tomado de la mano de la universitaria de muy buen ver y se acercaron a saludarme. Yo fingí no verlos y pensé escribir en ese momento un artículo sobre las frivolidades del mundo de los narradores mexicanos. Luego lo pensé mejor y decidí respetar los ardientes delirios del corazón entre un narrador de mediana calidad y una aspirante a novelista de muy buen ver, lo que hacía olvidar lo pésima que era para narrar sus babosadas. Como quien dice (y nunca mejor dicho), a ambos les pinté un violín. (editorial)

@eloygarza

Dejar un Comentario