Compartir
La terrorífica historia real del médico que experimentaba con niños

La terrorífica historia real del médico que experimentaba con niños

La afición del médico Burnei por el cuerpo humano no ha escapado a la fiscalía

Muchos jóvenes estudiantes de medicina de los países más desfavorecidos de Europa optan por mudarse a otros con más oportunidades para iniciar su andadura profesional. Esto provoca que en sus países de origen solo queden médicos de avanzada edad que llevan ejerciendo desde antes de la disolución de la URSS. Uno de ellos es el ortopedista rumano Gheorghe Burnei, al que los medios de comunicación nacionales apodan “el cirujano milagroso” o “el cirujano de los ángeles” por haber llevado a cabo intervenciones en casos en los que los pacientes se daban casi por perdidos. El problema es que a nadie le dio por comprobar si los niños seguían vivos un año después de haberse sometido a la operación.

Burnei fue arrestado recientemente, acusado de haber exigido sobornos a sus pacientes. Durante los registros de su consulta supuestamente se hallaron cincuenta sobres con dinero y pruebas concluyentes de que había estado llevando a cabo experimentos con 20 niños, según News.ro. Desde la emisora de noticias Realitatea TV se informó de que las pruebas consisten en huesos de menores hallados en el frigorífico de Burnei.

La historia salió a la luz después de una investigación periodística que se prolongó durante un año y se publicó días antes de producirse el arresto. Hablé con Luiza Vasiliu, la periodista que pasó un día en la consulta del doctor Burnei y que habló con los padres de muchas de las supuestas víctimas.

VICE: ¿Cómo conociste al doctor Burnei?

Luiza Vasiliu: En la ONG Dăruiește viață me hablaron de los casos de varios pacientes de Burnei que habían acudido a ellos para intentar que operaran a sus hijos en el extranjero. Inicialmente, los problemas de los pacientes se atribuyeron a errores médicos. Me llevó un tiempo entender por completo la situación y poder escribir al respecto. Mientras tanto, debía enfrentarme a los recelos de mucha gente que me preguntaba qué cualificación tenía para escribir sobre un tema médico.

Háblame del caso con el que empezaste a sospechar que había un asunto más siniestro de lo que parecía detrás de todo aquello.

La joven Amira, de 19 años, recibió una prótesis hecha de BVC (cerámica vitrificada), un material que nunca antes se había utilizado en operaciones de trasplante de cadera. Uno de los médicos con los que hablé sobre este caso me explicó que Burnei decidió ignorar el procedimiento médico estándar y llevar a cabo un experimento con Amira. Otros cuatro facultativos con los que hablé corroboraron esta versión, y varios otros se lo contaron a la madre de la paciente. El problema de la BVC, como nos explicó el médico que abrió el primer banco de huesos de Rumanía, es que no se desarrolla de forma progresiva con el hueso, lo que llevó a que “se produjeran varias tragedias”, como la de Amira.

Nunca se informó a la familia del carácter experimental del tratamiento, y el doctor Burnei no siguió los protocolos marcados para los ensayos clínicos con niños. Las intervenciones que siguieron fueron una serie de despropósitos médicos que no hicieron más que empeorar el estado de Amira. A día de hoy, la joven tiene dificultades para permanecer de pie durante un tiempo prolongado y debe ayudarse de muletas para caminar.

Ahora llevas varios casos de antiguos pacientes suyos. ¿Qué les hizo?

En primer lugar, Burnei siempre se ha negado a admitir sus errores. Si los niños empeoraban, culpaba a sus padres, a Dios o incluso al propio niño (“¡No camina bien porque está muy gorda!”). Uno de los casos era el de una paciente que me explicó que Burnei intentó sobornarla para que no lo denunciara, pero ella se mantuvo íntegra.

Otro aspecto que todos estos casos tienen en común es que los pacientes recibieron una atención médica deficiente y que a todos se les dijo en repetidas ocasiones que la única posibilidad de supervivencia pasaba por ponerse en manos del doctor Burnei. Ante tal insistencia, las familias acabaron por confiar ciegamente en él, hasta el punto de que compraron sin reparos prótesis de hasta decenas de miles de euros cuando se suponía que era un gasto que correspondía al hospital.

Todos estos pacientes creyeron en algún momento que el doctor Burnei era el mejor del mundo, que obraba verdaderos milagros, razón por la que muchos de ellos tardaron demasiado en buscar una segunda opinión y conocer la verdad.

Luiza Vasiliu en la consulta del doctor Burnei, donde ha instalado un pequeño santuario con iconos religiosos. Foto por Luiza Vasiliu

Otro caso de los que me has hablado es el de una chapuza quirúrgica practicada a una niña de ocho años. ¿Qué salió mal en esa ocasión?

El doctor Burnei quería usar un procedimiento médico nunca antes practicado en Rumanía para intervenir a una niña con escoliosis. El problema era que la prótesis Shilla que Burnei usó no estaba aconsejada para tratar el problema de la niña. Según el informe de la autopsia realizada por el Instituto de Medicina Forense, “la proporción de ventajas/inconvenientes era considerablemente desfavorable para la paciente”. Un experto en casos de mala praxis que estudió el caso me aseguró que la intervención fue un completo despropósito y un error de base.

El informe de la autopsia también reveló que, en cualquier caso, la pequeña no habría necesitado someterse a aquella intervención, y que se cometieron errores técnicos, como haber fijado un tornillo en la médula espinal de la paciente, lo que habría provocado el deterioro de los nervios raquídeos y, en última instancia, la parálisis, de no haber muerto antes la paciente. Tras el fallecimiento de la pequeña, la madre recuerda que el doctor Burnei le dijo que “habría muerto de todas maneras”.

¿Cómo reaccionaron los compañeros de profesión de Burnei que visitaron a sus expacientes?

Me decían: “No podemos hablar de él, no sería ético”. Incluso existe una ley en el Código de Ética Médica de Rumanía que prohíbe a un médico hacer acusaciones públicas sobre otro facultativo sin que antes le haya remitido una queja formal por escrito. Podrías perder el trabajo por algo así.

La joven de la foto es Amira, de 19 años. Amira fue sometida a una operación negligente por parte de Burnei. Su caso, con la ayuda de la madre, Emilia, ha sido clave para la investigación de Luiza . Foto por George Popescu

¿Alguna vez dudaste de la veracidad de tus informaciones?

En todo momento. La medicina es una práctica muy hermética y venerado. Tuve que viajar por todo el país y reunirme con todas las víctimas para convencerme de que todo aquello era real.

¿Cómo fue tu primera reunión con Gheorghe Burnei?

Le dije que quería escribir sobre cómo era un día en su vida, así que se imaginó que yo sería la enésima periodista que quería deshacerme en alabanzas por su trabajo. Cuando entré en el hospital, vi a familias procedentes de todos los rincones del país esperando durante horas a que el gran doctor visitara a sus hijos. Burnei se movía entre ellos como una especia de santo caminando sobre las aguas, dando toquecitos en la cabeza a los niños.

Burnei dejaba a los periodistas grabar incluso los momentos más íntimos de las intervenciones sin el consentimiento de los padres de los pacientes. Foto por Vlad Petri

¿Qué sentiste al hablar con él conociendo todo el dolor que había provocado a sus presuntas víctimas?

Estaba aterrorizada. No paraba de sonreír y de hacerme la tonta, y él de pavonearse delante de la cámara. Me dejó entrar en el quirófano. Solía dejar entrar a cualquier equipo de periodistas que se lo pidiera sin tomar ningún tipo de medida aséptica, pese a tratarse de un entorno estéril. Se limitó a darnos unas botas y un pijama quirúrgico. Luego se dirigía a la cámara y decía que Rumanía estaba en deuda con él, que el país se había ahorrado millones de euros porque él había decidido quedarse y operar a niños que, de otro modo, habrían tenido que ser tratados en el extranjero.

Dejaba que la televisión grabara a los niños todo el tiempo, sin pedir permiso a sus padres. Nosotros, en cambio, solicitamos un permiso oficial al gerente del hospital para poder grabar. Ahí se dio cuenta de que había algo raro, porque ningún otro medio había pedido permiso antes.

Casi me echo a llorar cuando, durante las consultas, se burlaba de los niños y de sus padres. Los llamaba gordos y lisiados y les acusaba a gritos de ser los culpables de que no se recuperaran. Incluso se liaba con qué operaciones había hecho a qué pacientes. En ese momento me di cuenta de que todo lo que me habían dicho los padres era cierto.

Burnei fue arrestado el día después de publicarse la pieza. Foto por Alexandru Dobre, Mediafax Foto

¿Descartas la posibilidad de que, en algunos casos, Burnei realmente ayudara a esos niños?

No. El hombre hizo veinte mil operaciones, así que alguna habrá salido bien, o eso espero. Probablemente nunca lo sabremos. Algunas de las personas que me criticaban por no hablar de toda la gente que Burnei salvó están ahora con demandas judiciales contra él.

¿Por qué crees que actuó de esa forma?

No es fácil encontrar una razón clara, pero probablemente se deba a que quería sacar dinero a esas familias. Todos los padres con los que hablé me aseguraron que Burnei les pidió sobornos para operar a sus hijos. Algunas familias eran tan pobres que tuvieron que esperar dos años para poder reunir todo el dinero que les pedía mientras veían cómo el estado de sus hijos empeoraba día a día. Burnei nunca se dignó decirles que todos esos gastos los cubría la seguridad social.

No quiero imaginarme todo por lo que han tenido que pasar estos padres. Una madre que conocí durante mi investigación, Emilia, estuvo llevando a su hija a la consulta de Burnei durante 17 años y sufrió una crisis nerviosa cuando se dio cuenta de lo que había pasado. Ella y otros padres son ahora conscientes de que, de forma indirecta, también son responsables del estado de salud de sus hijos, y eso es algo muy doloroso.

FUENTE: Vice

Dejar un Comentario