Compartir
Editorial “La muerte de un viajante (del Tec)” por Eloy Garza González

Editorial “La muerte de un viajante (del Tec)” por Eloy Garza González

Editorial por Eloy Garza González

La muerte de un viajante (del Tec)

Willy Loman, el mediocre personaje de La muerte de un viajante, bien pudo haber egresado del Tec. ¿Cómo llegué a tan sesudo análisis de la gran obra teatral de Arthur Miller? Se da uno cuenta, como diría Chava Flores, por múltiples razones.

La primera, porque como EXATEC, Loman sería un coach motivacional de primera línea, que es de lo que más se reciben ahora en el Tec, cuando antes salían como distinguidos ingenieros, médicos, comunicadores e investigadores de letras. Pues ya no.

Durante toda la obra de Miller, el pobre de Willy Loman no sabe vender a sus prójimos un alfiler, pero se desvive motivando a sus hijos, su mujer, su amante y a su propio jefe, hasta quedarse desempleado, frustrado, en la calle, y viendo cómo el mundo avanza, mientras él se queda con sus teorías estimulantes sobre cómo ganar dinero, ser más productivo, sinérgico, proactivo y no sé cuántas babosadas más. (editorial)

Para las asociaciones de coaches motivacionales al servicio de la Nación, les diré que no se molesten en vetar La muerte de un viajante. Se montó por primera vez hace la friolera de casi 70 años, así que no es una obra nueva o reciente y menos pretende ironizar sobre los actuales programas curriculares del ITESM (a menos que Miller fuera pitoniso).

Willy Loman tampoco es un personaje que de entrada nos caiga gordo. A su manera es buena gente. El problema es su torpe afán de sobresalir a toda costa, librarse del anonimato y hacerse valer. El reconocimiento no lo busca por vía del conocimiento sino asumiendo la mejor de las “actitudes”, que es lo mismo a no asumir ninguna. (editorial)

“¡Yo no soy un cualquiera!” grita en diferentes registros Willy Loman durante toda la obra, y al final resulta que hasta para ser un cualquiera hace falta más que el simple empeño y el optimismo ciego. Hace falta despojarse del egocentrismo caótico y la exaltación egoísta, que es justo el programa de vida que proclama un buen coach, para hacer de “tu vida, tu mejor negocio”. Tenga a bien adivinar el lector la paternidad de esta última frase.

Dudo que la vida, con su carga biológica, existencial e incluso su dimensión sagrada puede resumirse en un “buen negocio”, como pretende en su libro Salvador Alva. Tampoco creo que el plan de un hombre o una mujer ejemplar pase por “ser el número uno, volverse rico y triunfar”. Pero sí sé que la obra de teatro de Miller acaba muy mal, con Willy Loman suicidándose en su automóvil y con los espectadores seguros de que lo mejor que pueden hacer es estudiar con más ahínco y reducir los rollos motivacionales a las homilías dominicales (y esto sólo si son devotos).

@eloygarza

Editorial

Dejar un Comentario