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Editorial “Nada importa nada” por Eloy Garza González

Editorial “Nada importa nada” por Eloy Garza González

Editorial de hoy viernes por Eloy Garza González

Nada importa nada

Yo como mucha gente tuve eso que se conoce como “experiencia en el umbral de la muerte”. Sufrí hace años unos ataques de tos interminables hasta escupir sangre y ningún médico especialista acertaba con el diagnóstico. Fue una experiencia similar, respetando las diferencias, a lo que cuenta Montaigne cuando se cayó de su caballo.

Esa experiencia no me cambió la vida pero sí me cambió la muerte. Yo después de esa enfermedad perdí el “horror vacui”, que en latín quiere decir “miedo al vacío”. Ahora se que lo que nos asusta de la muerte, lo que a mí me asustaba al menos, antes de esa enfermedad terrible, es ese salto a la nada. Entonces supe que el salto no es desagradable, que es como caer en paracaídas, suavemente. (editorial)

Supe que uno muere a la manera del gato de Cheshire (el de Alicia en el País de las Maravillas): primero aparecía la sonrisa, luego la boca, los bigotes, las orejas, el cuerpo y la cola. Y luego desaparecía al revés. Quedaba la sonrisa flotando en el aire. En lo peor de mi enfermedad vi esa sonrisa que me recibía tiernamente. Vi como aparecía mi vida entera ante mis ojos, pero no como una película rápida, sucesiva, sino como esos retablos de santos, con imágenes simultáneas.

Y lo que vi no era nada de lo que yo creía era fundamental o trascendental en mi vida. Lo que vi fue a mi madre enseñándome a cerrar los ojos para dormir, vi a mi padre cantándome una canción con su guitarra, vi a un familiar que me daba un vaso de agua, vi a una persona que estaba postrada y que yo quería levantar. Vi a una joven a la que invitaba a bailar. Vi gestos humanos, pequeños, sencillos, cotidianos. (editorial)

Aprendí que en la vida nada es trascendental. Ni siquiera la vida misma es trascendente. La vida no es algo que tenemos, es algo que nos tiene, un cántico tumultuoso como el agua que pasa por la acequia y de pronto desaparece y nos lleva con ella. Así de simple.

Claro está, nunca compartiré la desilusión del poeta que llegó a escribir: “¡Que la vida se tome la pena de matarme, / ya que yo no me tomo la pena de vivir!” Me pongo en sus zapatos y comprendo cuánto sufrió el pobre, pero no comparto su lamento. La verdad es que nada importa nada porque nosotros no importamos nada. Creo que después de la muerte el baile sigue, pero de una manera que nosotros desconocemos.

@eloygarza

Editorial

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