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El Niño de Momoxpan

El Niño de Momoxpan

Eloy Garza González

Viejos libros, versados en vampirismo, mencionan el misterio del Niño de Momoxpan. Estoy en una convención de filología en Puebla y se me hace fácil escapar el fin de semana al pueblo del pequeño Nosferatu, es decir, del “no muerto”. Voy solo en un Jetta rentado. Un sol opaco se pone en el horizonte y veo tras el cristal de mi vehículo bosques de pinos y oyameles hundidos en una niebla fantasmal. La carretera está solitaria.

Me arrepiento de haber cedido a mi impulso infantil de viajar a Momoxpan. Al menos hubiera conducido al amanecer. La noche es densa y oscura, como boca de lobo y el peligro se asoma en cada curva. Busco un retorno que no aparece. Nadie quién orientarme. Nada que me augure un buen arribo. El miedo circula por mis venas.

El Niño de Momoxpan se llamaba Pablito. Murió sin ser bautizado ni recibir su extremaunción. Pero su cuerpo incorrupto, cuentan los viejos libros, destila vida, o un remedo de vida. En vez de darle cristiana sepultura, lo acostaron dentro de un ataúd de cristal, con estampas y escapularios y un ropón de lino blanco. Lo dejaron secarse por décadas a un lado del sagrario de la iglesia mayor.

Por las noches, cuentan los viejos libros, Pablito se levanta, sale del ataúd y busca víctimas a quién clavarles sus pequeños colmillos hasta extraerles la última gota de sangre. Pueden ser viejos, bebes y a veces hasta chivos y perros. Luego, antes de que salga el sol, Pablito regresa a su ataúd. Suelen quedar en las calles y en el atrio, las huellas de sus sandalias. Por eso, en su discontinuo sueño eterno, Pablito luce cada vez más rezogante, más cachetón.

Llego a Momoxpan, un pueblo pobre y desolado, como no lo cuentan los viejos libros. Pocas personas rondan las calles. Siento en cada esquina la sombra fugaz del Niño vampiro. En un horcón veo sus perderse sus pies presurosos. Trato de mantener la calma. Traigo el alma en un hilo pero bajo del Jetta y me acerco a tres viejitas sentadas en sillas de mimbre y tomando el fresco. No hablan entre ellas. Parecen muertas en vida.

“¡Cuál niño de Momoxpan ni qué ocho cuartos!” me responde la más anciana. Las tres sueltan risitas. “Aquí no hay niños vampiros, apenas hay chamacos y a duras penas tenemos iglesia”. Lo mismo me dicen dos sombrerudos una cuadra más adelante. Y añaden: “el único chupasangre es el alcalde que se roba lo que puede”.

Esa misma noche me fui por donde vine.

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