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Los quejosos místicos

Los quejosos místicos

Eloy Garza González

La gente suele quejarse públicamente por dos motivos principales. Por un lado, para expresar su indignación contra un acto de gobierno o una situación social extrema. Por otro lado, para mejorar la imagen que tiene de sí misma.

Como parte del segundo grupo están los quejosos místicos. Es esa gente que se queja de que nadie hace nada por la sociedad civil, por la ciudad o por la patria. Lo suyo es un apostolado chafa: “¿cómo es posible que los pobres sean tan ciegos y acepten dádivas electorales?”, se preguntan. “¿Cómo es posible que los universitarios no protesten?”, se irritan. “¿Cómo es posible que México no despierte?” se ofenden.

Ellos, los quejosos místicos, no pueden ver una denuncia en Facebook contra el gobierno sin acusar al que lo escribió de activista light. No pueden leer un post subversivo en Twitter sin cuestionarle al tuitero su militancia soft. “¿Pero en concreto qué propones, qué soluciones aportas?”, le rebaten al denunciante que escribió la nota.

Así, el quejoso místico se encumbra a la posición de juez sideral. Y se olvida de plantearse lo mismo a sí mismo: ¿y tú en resumidas cuentas qué propones, qué soluciones aportas? ¿qué sugieres? ¿qué concretas? Como si no fuera meritorio el simple hecho de denunciar un problema social, o señalar un acto de corrupción o una mala decisión del gobernante. No, para ellos, los quejosos místicos, la culpa no será del alcalde corrupto, ni del gobernador ignorante, sino del denunciante que no aclara cómo remediar el problema.

Y con esa actitud enjuiciadora, los quejosos místicos terminan solapando a la autoridad corrupta, ignorante. La culpa será siempre del denunciante “porque no hace algo específico ni hace nada concreto”. ¿Y por qué ellos sí se eximen cínicamente de sus responsabilidades ciudadanas? ¿Acaso ellos no forman parte también de la sociedad? ¿No están obligados también a “proponer soluciones”?

Imaginemos que viajamos en un avión y el piloto al mando hace piruetas y picadas violentas. Los pasajeros nos quejamos de la mala conducción de la nave y soltamos chiflidos y gritos de protesta. Los quejosos místicos tomarán la palabra y nos responderán: “¿por qué en vez de chiflar no toman ustedes el control del avión? ¿Por qué no se sientan en la cabina a estabilizar el aparato y llevarlo a buen aterrizaje?” Finalmente los quejosos místicos podrán convencernos de quedarnos mudos mientras no propongamos algo concreto. Entre tanto, el avión seguirá con sus piruetas suicidas, a un paso de desplomarse con todos los pasajeros sin excepción. Los quejosos místicos morirán con la satisfacción del deber cumplido.

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