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Borrachera mística

Borrachera mística

Chavela Vargas murió hace justo cinco años. En realidad murió y resucitó no se cuantas veces. Cuando se viven tantas décadas, tomando caballitos de tequila con sal y limón, se muere y se renace a cada rato, más de lo que uno quisiera. Chavela Vargas renació por vez primera huyendo de su pueblo, muy joven, a Cuba y luego a México. Salió de una provincia de persignados y devotos en Costa Rica, que sancionaban sus gustos sexuales, para acabar en El Tenampa de la ciudad de México, templo de perdición y consagración al mismo tiempo.
México fue su hábitat salvaje y ahí la ponzoña de los artistas la arrinconó a los suburbios del canto de cantina (la mujer tenía vocación de marginal) y las cantadas a peso por canción, una variante melódica de limosnear con la frente en alto.
Fue novia de Frida Kahlo, pero no es un dato importante; si se colgaba de las solapas de Diego Rivera, y se entequilaba con el sueldo que le daba, da lo mismo: Chabela no recibió ayuda de nadie, porque no sabía pedirla, o porque estaba tan borracha que perdía la noción de la sobrevivencia. No en balde fue la mayor sobreviviente de sí misma. Y de su éxito fugaz en aquellos años: con la amistad de José Alfredo se vacunó de los celos del gremio, comenzando por los de Lola Beltrán.
Nunca fue amiga de cantantes, pero tuvo fama en los centros nocturnos antes de que el regente de la ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu los cerrara todos. Le gustaba disparar con una carabina en Tepoztlán. Le encantaba liar y fumar cigarros malos, puros cubanos y marihuana que siempre tuvo y nunca le faltó. Como la humedad, se filtró en cada rincón de lo mundano, poco a poco y sin darse a notar.
Recorrió países con un zarape, y entonando canciones rancheras con una tristeza que se le enquistó en las cuerdas vocales para sustituir con sufrimiento guardado la poca técnica vocal. Fue una intérprete de dudosa escuela y desarmante feeling. Escribió Macorina, y su público la comenzó a comparar con los personajes de sus canciones como La Llorona.
Ganó lo suficiente para mantener sus excesos y cebar una fama de iconoclasta sin medida. Un modelo de borracha sin remordimientos. Técnica del aguardiente que quema el alma, sí, pero sabroso; que mata neuronas, sí, pero con gracia; que degenera sin retorno, sí, pero a toda madre. Poco le duró el gusto: la sombra alargada del alcohol le cercenó la bola de planes y cortó sus contados amantes de ambos sexos. Por más de veinte años fue un fantasma errante, un penar de dar lástima, una gloria en un pasado imaginario.
Hasta que llegó Almódovar para regalarle su último renacimiento, con un elogio irónico: “Después de Jesucristo, solamente ella sabe abrir de esa manera los brazos”. Tenía razón. Y hablando de resucitados, en la película La flor de mi secreto, la protagonista, Marisa Paredes, abandonada por su esposo militar, intenta suicidarse con pastillas en una bañera pero renace al mundo de los vivos con la voz de Chavela entonando –faltaba más – una ranchera.
Péndulo cristiano de metáfora estéril: en ese morir y renacer constante, de caída y ascenso perpetuo, de altas y bajas en el mercado de valores de la existencia, se encierra la vida de Chavela Vargas, la Chamana, la Borracha, la Dama del Poncho Rojo, la Grosera y la Rebelde. Sin embargo, su sola presencia con o sin tequila, nos alegraba la pesadumbre de vivir.

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