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12 razones científicas que te harán querer alejarte de las drogas

12 razones científicas que te harán querer alejarte de las drogas

Aunque ya no alcanzas el placer que antes sentías, te sientes obligado a continuar consumiendo: te has convertido en un adicto, esto ya salió de tus manos.

«A ti no te va a pasar, tú eres inmune. Tus padres se equivocaron cuando te insistieron en que no lo hicieras; tus maestros eran unos viejos aburridos que no sabían nada de la vida; los amigos que estaban preocupados por ti, no sabían disfrutar su juventud.

Tú, en cambio, usas drogas porque sí sabes vivir; no lo haces porque te cuesta trabajo relacionarte con las personas de manera natural, tampoco porque la depresión y la ansiedad te estén comiendo por dentro y mucho menos porque estés desarrollando una adicción. Tú sí eres diferente».

¿De verdad piensas así?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una adicción se caracteriza por un conjunto de signos y síntomas en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales. Es una enfermedad progresiva y fatal, caracterizada por episodios continuos de descontrol, distorsiones del pensamiento y negación ante la enfermedad.

Si piensas que el mundo y sus conceptos moralinos no te comprenden e intentan terminar con tu diversión, quizá debas escuchar lo que la ciencia tiene que decirte sobre tu consumo. Luego de esto, cambiarás de opinión.

Comienza el juego

Las drogas son sustancias químicas que modifican la interacción neuronal en tu cerebro. Las señales que las neuronas mantienen entre sí —con el único fin de que puedas vivir—se ven profundamente afectadas con el consumo. La marihuana o la heroína, por ejemplo, activan neuronas de manera artificial, engañando así los receptores y haciendo una conexión “necesaria” que no existía. El cerebro —que no sabe que tu única intención es pasarla bien una noche de diversión— asume que es la manera en la que debe reaccionar. Potencialmente, podría desarrollarse una dependencia.

Lo vuelves a hacer

Bueno, sucedió una noche y la pasaste muy bien. A la semana siguiente vuelves a hacerlo porque te gustó la sensación y así continúas por unos meses. Para entonces, tu sistema de recompensa está hecho un caos. Las drogas que usas interfieren bruscamente modificando de manera radical el circuito natural de dopamina. Cosa que es sumamente peligrosa, porque las emociones, los movimientos y los estados de ánimo dependen por completo de esta interacción. Te sientes confundido.

Se ha salido de tus manos

Tu cerebro relaciona todas sus acciones con los estímulos del placer. Debido a que las drogas segregan una cantidad de dopamina potencialmente alta, el circuito de recompensa se activa cada vez que requiere de este estímulo. Se da una especie de automatismo; te ves obligado a recurrir a su fuente de placer sin siquiera tomar la decisión de manera consciente. Te prometes “no volver a hacerlo”, pero de un minuto a otro ya lo tienes en las manos.

Dejas de sentir los placeres “naturales”

Tener sexo o comer tu platillo favorito también hace que segregues sustancias químicas que te hagan sentir placer; sin embargo, sustancias como el alcohol, la cocaína, la marihuana, el éxtasis o la heroína producen una recompensa hasta 10 veces mayor. Esto ocasiona que, por sí mismo, el cerebro deje de producir dopamina de manera natural. Es por eso que los placeres “naturales” resultan cada vez menos disfrutables. Comienzas a sentirte apático por las cosas que amabas hacer.

Aumenta la tolerancia, necesitas más

Al mismo tiempo, cada vez que consumes aumentas la tolerancia de tu cuerpo a la sustancia: necesitas cada vez más para llegar al mismo placer. Este es un punto sumamente crítico: cuando notas que “ya no sientes igual” empiezas a experimentar con drogas cada vez más peligrosas. Si al principio eras, por ejemplo, un consumidor de alcohol, comienzas experimentando con cocaína, después ésta ya no es suficiente y comienzas con crack. Aunque sabes que es peligroso, puedes llegar a consumir heroína u otras drogas más fuertes.

Depresión y ansiedad

La depresión y la ansiedad comienzan a hacerse cada ve más agudas. Tu cerebro ya no puede sentirse bien por sí mismo. Aparecen ideas suicidas y ganas de llorar todo el tiempo sin saber por qué, también un miedo constante sin causa aparente. La capacidad cognitiva también se reduce dramáticamente; la memoria es una de las zonas más afectadas a largo y a corto plazo; tus recuerdos son cada vez más difusos y a veces es imposible recordar lo que alguien te dijo por la mañana.

Sorpresa: eres adicto

 La tolerancia a la sustancia aumenta; esto quiere decir que tu cuerpo ya está adaptado a recibirla, por lo que cada vez pide más para llegar a las mismas sensaciones. Aunque ya no alcanzas el placer que antes sentías, te sientes obligado a continuar consumiendo: te has convertido en un adicto, esto ya se salió de tus manos.

Detrimento moral y culpa

Una vez que se cruza la línea aparece el detrimento moral: chantaje, robos, prostitución —cosas que jamás pensaste hacer—. No lo haces porque quieras hacerlo: tu cerebro te ordena suministrarle más droga a como dé lugar. Eres aún consciente de lo que haces, por lo que te llenas de culpa y sentimientos de minusvalía. Tus amigos y tu familia se alejan de ti. Han hablado mil veces contigo, pero tu adicción es tan grande que no eres capaz de seguir consejos. Estás solo y lo único que te importa es continuar consumiendo.

Decides parar pero no puedes

Decides parar —una vez más, lo has intentado antes pero nunca tienes éxito—. Sufres. Beber o drogarte hace mucho que no te causa placer; lo haces porque lo necesitas y porque, además, de no hacerlo, comienzas a tener síntomas sumamente desagradables: el síndrome de abstinencia.

Síndrome de abstinencia

Dependiendo de la droga será el síndrome de abstinencia que se presente. En el caso del alcohol, aparecerán temblores, sudoración, náuseas o delírium trémens —donde se rompe todo contacto con la realidad y se entra en un estado de locura—; con la cocaína pueden presentarse vómitos, diarrea, calambres, lagrimeo y hasta salpullido; con la heroína sube la presión sanguínea, hay lagrimeo involuntario, ataques de pánico, escalofríos, pérdida de apetito y craving, unas imperiosas ganas de seguir consumiendo.

Estás frito

Estás frito. Es como si tuvieras un constante estado de sed y ni beberte un mar entero te satisface. Físicamente, tu cuerpo necesita la sustancia; te la exige. Psicológica y emocionalmente te encuentras tan sobajado por tu consumo que buscas consumir más para intentar aliviar ese dolor.

Esto será para siempre

El alcoholismo y la dependencia a las drogas no se “curan”. Es decir, si en algún punto pasas la línea y pierdes el control —es decir, te vuelves un adicto— no podrás consumir nunca más. Sólo te quedan dos caminos: continuar en la espiral que siempre va a empeorar —tu consumo será cada vez más ávido, nunca será menor— o pedir ayuda. Si eliges la segunda opción aprenderás a vivir sin sustancias, pero el proceso de recuperación es algo permanente. Nunca serás un consumidor normal.

Claro que no eres inmune; en sentido biológico eres una persona como cualquier otra. Por lo tanto, los hechos científicos que acontecen de manera habitual en quienes consumen drogas de manera asidua también aplican para ti.

Si crees que estás leyendo esto demasiado tarde y que ya estás dentro de una adicción, debes considerar pedir ayuda. No eres el único. Así cómo tú, hay otras personas que pensaron que nunca iban a pasar por eso —y les pasó —y sabrán ayudarte.

FUENTE: culturacolectiva.com

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