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Arnulfo Arroyo: el hombre que fue brutalmente linchado por empujar a Porfirio Díaz

Arnulfo Arroyo: el hombre que fue brutalmente linchado por empujar a Porfirio Díaz

Arnulfo Arroyo fue víctima de una trama política en la que la corrupción del porfiriato lo convirtió en víctima.

La vida cambió por completo para el joven Arnulfo Arroyo aquel 16 de septiembre de 1897 en el que se volvería el personaje principal del llamado “Asunto Arroyo”. Era un borrachín bien conocido en la Ciudad de México pero considerado totalmente inofensivo por las personas que sabían de su vida, las cuales le daban unas cuentas monedas para que el joven siguiera malviviendo a base de tragos que lo dejaban inconsciente por las calles.

No venía de una mala familia: había estudiado en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela de Jurisprudencia, gracias al trabajo como sastre de su padre, quien quería un buen futuro para el muchacho que contaba con 30 años en aquella fecha señalada al principio. También había intentado hacer una carrera en el Colegio Militar, de donde fue expulsado por su carencia de disciplina e interés. Arroyo estaba destinado a la tragedia.

El alcohol, ideas políticas o una trama misteriosa (o un poco de todo) lo llevaron a tramar la idea de golpear a Porfirio Díaz en la Alameda cuando pasara a su lado durante la ceremonia cívica programada por el dictador mexicano para conmemorar la Independencia del país en su aniversario 87. En efecto, cuando Díaz pasó a su lado en un desfile rumbo al Zócalo, flanqueado a un lado por el ministro de Comunicaciones, el general Mena, y al otro, por el ministro de Guerra, el general Berriozábal, el joven traspasó una valla de cadetes y lo agredió dándole simplemente un empujón en la cabeza, insuficiente para hacer daño al hombre originario de Oaxaca que dirigía al país y que un día antes había celebrado su cumpleaños.

Los cadetes del Colegio Militar, ése mismo al que Arroyo no prestó el debido interés, lo golpearon, apresaron y condujeron lejos del evento. El borracho, que iba por completo desarmado, sólo atinaba a gritar: “¡Yo soy muy hombre!”, entre la confusión del gentío que había acudido para ver a su presidente. Díaz, ligeramente sorprendido, con su talante soberbio de siempre, ordenó que la golpiza se detuviera («No le hagan nada. Hay que entregarlo a la justicia») y que se llevaran al hombre, que evidentemente iba ahogado en alcohol.

Lo que siguió fue uno de los eventos más lamentables de la prensa, la justicia y la política mexicanas…

En una celda de la Guardia Militar del Centro, no sólo fue encerrado el pobre borracho, también atado de pies y manos; ignorante de lo que afuera se sucedía entre el chisme que corría como reguero de pólvora entre la muchedumbre, ese monstruo de mil cabezas que reacciona impulsado por chismes y mentiras que no se preocupa por comprobar. Se decía que Díaz había recibido un disparo, que había sido atacado por anarquistas, que una granada lo había matado junto con otras cientos de personas. El supuesto héroe del país había sido atacado de manera salvaje.

Escandalosas versiones que crecían como los enormes edificios del Centro Histórico y que llenaban de falsedades lo que no había sido más que el simple empujón de un joven alcohólico. Díaz seguía vivo, pero el chisme lo daba por muerto o, por lo menos, como gravemente herido. Las versiones fueron ampliamente difundidas por el diario El Imparcial, que de objetivo e imparcial no tenía nada ya que era acérrimo simpatizante de don Porfirio y subsidiado por su gobierno. Claudio Lomnitz en su libro El primer linchamiento de México, que recoge el caso que relatamos, escribe: «El Asunto Arroyo fue la primera prueba verdadera del nuevo periódico amarillista “al estilo americano”, El Imparcial. Fundado apenas un año antes, El Imparcial era “americano” en cuanto a su formato (más ágil y con ilustraciones); su contenido —las noticias eran escritas por reporteros, y no por poetas ni hombres de Estado—; su énfasis en noticias sensacionalistas y sus páginas de crimen; y sobre todo, su tecnología de imprenta —la prensa rotativa— que permitía una tirada más amplia que la de sus competidores».

El periódico relató de manera tendenciosa la versión sobre la gente arremolinada a las afueras de la Guardia Militar del Centro que logró colarse en su interior. El cuerpo de Arnulfo Arroyo fue salvajemente apuñalado en lo que se convirtió en el primer linchamiento oficial en la historia de México. Las agresiones de este tipo formaban parte de la cultura de los Estados Unidos, pero en México no era común ver algo así.

Otros diarios comenzaron a condenar a la turba por lo acaecido, pero más a la justicia por no haber sido capaz de frenarla. Estos comentarios dieron pie a especular que habían sido los mismos policías los encargados de asesinar al muchacho, comandados por Eduardo Velázquez, inspector de Policía, quien al parecer había sido compañero de escuela de Arroyo. Además hay que tomar en cuenta que justo a las afueras de la comisaría la policía llevó a cabo una redada de 21 sujetos que fueron introducidos en el lugar donde Arroyo estaba encarcelado y que sirvieron para sustentar la teoría de que habían sido ellos los responsables del crimen.

Para un sector del público y los medios opositores al régimen de Díaz, el muchacho había sido muerto para que no pudiera contar quién estaba detrás del atentado a Díaz, lo que dio pie a que diversas voces autorizadas solicitaran una investigación al respecto. Se le pidió al general Manuel González Cosío, ministro de Gobernación, comparecer en la Cámara de Diputados para explicar lo ocurrido. La primera decisión fue despedir a Eduardo Velázquez de su cargo y no sólo eso: fue enviado a prisión junto con sus más cercanos colaboradores, los cuales confesaron lo que la opinión pública ya se imaginaba: que la policía misma había sido la encargada de matar al muchacho. Antes de que Velázquez pudiera declarar lo que sabía amaneció muerto en su celda con un tiro en la cabeza. Supuestamente se había suicidado.

Regeneración, el diario propiedad de los hermanos Flores Magón, políticos y periodistas opositores a la dictadura de Porfirio Díaz, hizo un seguimiento puntual del caso y señaló a Manuel González Cosío y el ministro de Guerra, el general Berriozábal, como los verdaderos responsables del asesinato de Arroyo y de Velázquez. También hacía énfasis en que éste en realidad había sido asesinado para que no diera los nombres de los verdaderos culpables.

Diversos estudiosos del caso no dudan en señalar que el mismo presidente Díaz fue quien ordenó el asesinato de Arnulfo Arroyo y la invención del improbable linchamiento como una lección de poder para sus opositores. Su secretario personal, Alfonso Chousal, el ministro del Interior, Manuel González Cosío, y el dueño de El Imparcial, Rafael Reyes Spíndola fueron los otros personajes que junto a Díaz tramaron esta historia donde las víctimas terminaron siendo un borracho al servicio de uno o más personajes desconocidos, y el pueblo, que fue objeto de engaños tal y como ocurre en la actualidad.

El hecho fue una sacudida para la consciencia del país, quien presumía de adelantos en todos los sentidos: tecnológico, social, político, judicial. Sin embargo, quedó demostrado que el poder mal empleado de la prensa, aunado a la corrupción y los secretos para encubrir a los culpables de parte de poderosos sectores de la política, eran parte de un país regido por manos negras que se escondían en la oscuridad más absoluta.

El hecho inspiró a escritores a hacer una investigación del caso y escribir testimonios acerca de él: Historia del Gran Crimen de Jesús M. Rábago, Expediente del Atentado de Álvaro Uribe, una recreación literaria del caso, que dio pie a su vez a la cinta El Atentado dirigida por Jorge Fons en 2010 o El primer linchamiento de México de Claudio Lomnitz, mencionado con anterioridad.

Álvaro Uribe menciona acerca del caso en una nota publicada por el diario La Jornada que: «el hecho más sobresaliente del atentado es que es un acto fallido… Es muy ilustrativo de la historia mexicana: el primer intento de magnicidio acaba siendo una cosa chusca en la que falla, lo cual da el tono de farsa, en parte, a la novela, y en mucha mayor medida a la película. Desgraciadamente, la historia de México está hecha de más actos fallidos que consumados». ¿El atentado contra Díaz fue el ataque aislado de un borracho o el primer intento de un golpe revolucionario que no se daría sino hasta años después? Sólo la contradictoria y sorprendente historia de México, escrita en su mayor parte por manos corruptas, lo saben.

FUENTE: culturacolectiva.com

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