Compartir
La historia de las Reformas Borbónicas que desencadenaron la rebelión del pueblo mexicano en 1810

La historia de las Reformas Borbónicas que desencadenaron la rebelión del pueblo mexicano en 1810

Se exprimió a la Nueva España de tal manera que se veía como una empresa y sus habitantes como la mano de obra para asegurar la producción

Si algo une a las naciones latinoamericanas es su historia, que incluye un pasado milenario, el mestizaje y las secuelas de la colonización por parte de las para entonces potencias europeas. Los rastros de ese proceso sociocultural, antropológico, político e histórico tienen componentes singulares en México. A partir del siglo XVIII, con la imposición del nuevo monarca, y con esta las Reformas Borbónicas, existieron miembros de la Corona Española que tenían opiniones contrastadas unas con otras. La nueva administración trajo consigo un cambio en mayor parte de la Nueva España. “El más notable de estos cambios en la administración de la Nueva España fue el establecimiento de las intendencias en 1786” (Brading, 1983, pp. 57).

La dinastía borbónica llegó como un agente de transformaciones y cambios para la época en que se encontraba la población, las ideas de la Ilustración actuaron como un motivante para que las reformas pudiesen aplicarse en la Nueva España. “En cierto sentido la dinastía borbónica reconquistó América, transformó completamente su sistema de gobierno, la estructura de su economía y el orden de la sociedad que desde los días de los Habsburgo existía en las colonias” (Brading, 1983, pp. 53). México, antiguamente llamado la Nueva España, y que para ese momento histórico podría denominarse México borbónico, tuvo un gran auge debido a las ideas implantadas. Se exprimió a la Nueva España de tal manera que se veía como una empresa y sus habitantes como la mano de obra para asegurar la producción, en este caso el dinero para España.

Disposición geopolítica del Virreinato de Nueva España

El México borbónico, período de 1763 a 1810, tuvo su origen en la exitosa colaboración de un gobierno despótico pero ilustrado, con un grupo vigoroso de comerciantes capitalistas y millonarios mineros. En gran medida el éxito de las reformas económicas del Gobierno dependió del espíritu de empresa y de capital de aquellos hombres de negocios (Brading, 1983, pp. 53). A mediados del siglo XVIII hubo un notable incremento de nacionalismo, en mayor parte evidenciado en el rubro del intelectualismo. La Ilustración se conceptualizó como el despertar de la opresión religiosa que se vivía en la Edad Media en Europa.

El concepto ilustrado, a diferencia del tradicional, según la doctrina del regalismo, hacía hincapié en reducir los privilegios de la Iglesia y sujetarla a los fines del Gobierno. Se planteaba que el poder real era de origen divino directo y de carácter ilimitado. En consecuencia, se sostenía la necesidad de centralizar y racionalizar el poder político, reduciendo la participación política de los grupos y corporaciones, como los ayuntamientos, la audiencia y el clero (Cosío Villegas, 2007, pp. 1198).

Con la llegada de la monarquía borbónica a España, la Nueva España no se veía como un reino, sino como una región subordinada cuyo único objetivo era generar ingresos a la Corona. A pesar de que las Reformas Borbónicas fueron vistas como algo negativo por la mayoría de los españoles americanos y europeos, fueron aplicadas efectivamente.

Una vez terminada la guerra con Inglaterra, en 1763, Carlos III emprendió acciones para que la Nueva España aumentara los fondos que enviaba a la metrópoli. El monarca nombró a José de Gálvez visitador general y le encargó no sólo revisar los tribunales de justicia y la Real Hacienda, sino intervenir en las finanzas de las ciudades, villas y pueblos indígenas (Cosío Villegas, 2007, pp. 1202).

Con la llegada de José de Gálvez se pretendía eliminar completamente y de raíz la errónea forma de gobierno que tenía la Nueva España, y de manera dictatorial imponer una nueva y adecuada. El virreinato, como se denominaba a la Nueva España, ya tenía asignado un arzobispo y virrey por órdenes de España, con apoyo del general Villalba, que fue llevado a la Nueva España para ayudar a Gálvez. El arribo de estas figuras trajo consigo varios cambios, pues tal era su objetivo. El Gobierno retasó el tributo que debían pagar los pobladores originarios y lo duplicó para los mulatos. Otras medidas que causaron desaprobación fueron el establecimiento del estanco o monopolio real del tabaco y el cobro de la alcabala a las herramientas de los mineros (Cosío Villegas, 2007, pp. 1204).

Estas medidas provocaron un alto descontento en la población de la Nueva España, lo que originó motines y revueltas que, como es de suponer, acabaron mediante actos de un nivel incomparable de violencia por parte de la Corona, específicamente por parte de Gálvez y Villalba. Para poder mitigar las rebeliones contra las nuevas decisiones, habría que encontrar el modo de infundir respeto y sumisión a como diese lugar. Una muestra de ello fue la expulsión de los jesuitas de toda la monarquía, acto que tuvo más intenciones políticas que de represión. “Desterrar a la compañía de Jesús concordaba con el concepto regalista por el cual la Corona quiso disminuir o eliminar el poder de los grupos que rivalizaban con la autoridad del Gobierno” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1206). Existía un evidente rechazo en España por la gente proveniente de la Nueva España, a pesar de que ésta proveía de todo lo necesario a la Corona e incluso en múltiples ocasiones le salvó de una dura caída económica. “Precisamente en 1776 ocurrió lo que los regidores del Ayuntamiento habían temido: 2 cédulas reales ordenaban reducir a una tercera parte la participación de los americanos en puestos de catedrales” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1227).

Como anteriormente se ha mencionado, Gálvez fue enviado para reformar la Nueva España. “El éxito de las Reformas Borbónicas de la Real Hacienda novohispana se fincó sobre todo en cuatro ramos: el tributo indígena, los impuestos a la minería, los impuestos al comercio (en especial las alcabalas) y los estancos” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1238). Con todas estas renovaciones fiscales, la Corona recibía aún más ingresos anuales.

Los ingresos anuales de este origen fueron subiendo de manera notable: de un promedio de 250 mil pesos recaudados en el Virreinato a finales del siglo XVII, fueron incrementándose sistemáticamente desde principios del siglo XVIII hasta alcanzar una especie de techo hacia el decenio de 1780, con cerca de 800 mil pesos (Cosío Villegas, 2007, pp. 1239).

La minería era una actividad sumamente lucrativa para España. Se contaba con una gran producción de plata y, de acuerdo con las nuevas reformas, todavía se le aplicaban impuestos. En el siglo XVIII la norma era que el impuesto minero fuera de 10 % de valor de la plata extraída, el cual se cobraba en las cajas de rescate ubicadas en la provincia o en la Casa de la Moneda en la Ciudad de México, adonde se llevaba la plata para que la acuñaran (Cosío Villegas, 2007, pp. 1242).

La recaudación de impuestos era primordial para España. No sólo los impuestos a los indígenas era su sustento. El erario en el año 1790 estaba constituido en 26 % por 4 millones de pesos anuales. En cuanto al comercio, se decretaron impuestos: “Los más importantes eran conocidos como alcabalas y pulques (impuestos sobre las bebidas alcohólicas locales)” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1243).

Aquí se menciona nuevamente el erario, “a finales del siglo XVIII, las alcabalas y pulques representaban juntos 24 % del total de los ingresos netos del gobierno virreinal” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1245). La Nueva España no sólo era de gran interés comercial para la Corona, sino para grandes empresarios que, como era de esperarse, buscaban generar grandes y vastos ingresos económicos. “En algunos casos, la Real Hacienda ejercía un control directo sobre la producción y venta de la mercancía en cuestión; en otros, los arrendaba a empresarios particulares que pagaban una renta anual por su explotación” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1247). De acuerdo con los estancos que se manejaban en la Nueva España, al que se otorgó mayor importancia fue al tabaco, que llegó a convertirse en monopolio: “Las funciones principales del estanco del tabaco eran supervisar la cosecha y comprar el producto acabado, gobernar y administrar la renta, resguardar, fijar el precio y producir, distribuir y vender puros y cigarros de hoja, y pronto de papel también” (Cosío Villegas, 2007, pp. 1248).

El auge de la comercialización en la Nueva España se debió a la producción agraria. Sin embargo, seguía habiendo una gran diferencia de estamentos en esa época, pues existía una alta cantidad de propietarios de haciendas agrícolas y ganaderas. En resumidas palabras, podría decirse que había una oligarquía. La Nueva España, al ser vista desde una perspectiva capitalista, como una gran empresa compuesta por una ilimitada mano de obra, fue explotada para cubrir los objetivos de España. Esto, junto con otras circunstancias propias del contexto, propició la rebelión masiva conocida como la Independencia de 1810.

FUENTE: culturacolectiva.com

Dejar un Comentario