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EDITORIAL: El gol de los revendedores

EDITORIAL: El gol de los revendedores

La final Tigres – Rayados ha alentado la reventa de boletos y de palcos en los estadios. Algunos revendedores han podido ganar quinientos veces más del valor que pagaron originalmente por sus entradas. Eso no le da buen cartel a los revendedores. A mi en lo personal, me caen muy mal.

¿Pero es condenable la reventa? No. Los dueños de un equipo de fútbol o el promotor de un concierto de rock cobra un precio relativamente bajo, dando ocasión para que el revendedor pueda vender las entradas a un precio mayor.

Analicemos esto: el aforo de un estadio o de una sala de espectáculos es fijo; no puede hacerse más grande o más pequeño. Tiene quince mil plazas, treinta mil o cien mil. No más. Depende del evento, la curva de demanda puede fijar el precio en taquilla en mil pesos o diez mil pesos. Depende del lugar y del tipo de espectáculo.

Ahora bien, tenemos una final entre Tigres y Rayados que hace subir exponencialmente la demanda de entradas y algunas localidades preferentes llegan a cobrarse en casi veinte mil pesos o más.

¿Por qué no se cobraron desde el principio estas altas sumas? Por un lado, porque nadie es adivino para saber que ambos equipos locales se disputarían la final y por ende subiría la demanda. Por otro lado, porque los dueños de los estadios serían acusados legalmente de explotadores, de ventajistas.

Los economistas saben que esos precios altos son señales del mercado: mucha demanda para escasa oferta. Un día me tocó ver a un revendedor en el estadio de Rayados rodeado de posibles compradores de entradas. Uno de ellos lo denunció a las autoridades.

El caso muestra que quienes rodeaban al revendedor valoraban un boleto en más del doble o triple del precio original de taquilla. Sin embargo,  el revendedor fue detenido en medio de aplausos de los testigos. ¿Quién ganó ahí? No se, pero no los posibles compradores. Se quedaron sin ver en vivo el juego.

La reventa lleva el precio de los boletos a donde debería de estar. Así de simple. El resultado de cualquier venta, así sea entre un revendedor y un aficionado, es mutuamente beneficioso.

El revendedor no obliga a nadie a comprarle sus boleos.  El comprador lo hace porque su satisfacción personal es mayor obteniendo ese boleto que quedándose con su dinero. Aunque luego la autoridad pública interfiera en este contrato privado y plenamente voluntario. Y nadie gane nada, sólo el juez que deje salir a los detenidos después de pagar una fianza o un soborno, que para el caso es lo mismo.

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