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Luego de estudiar 29 millones de gemelos, esto hemos aprendido acerca de la naturaleza del humano

Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón— independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones o la raza de sus antepasados”.

Eso de arriba lo escribió John B. Watson, el padre del conductismo, y es una de las frases más citadas cuando se habla del debate sobre el carácter innato o adquirido de la naturaleza humana. Precisamente este debate es el corazón de la genética conductual, una ciencia que trata de dar respuestas en un terreno infectado de medias verdades, malentendidos y conflictos de interés. ¿En qué punto estamos?

La dificultad de separar lo aprendido de lo que no lo es

Sebastien Gabriel 232361Sebastien Gabriel | Unsplash

Quizá el mejor ejemplo de este terreno embarrado es la frase de Watson. Se trata de una burda manipulación porque aparece en uno de sus libros, sí; pero lo hace entrecomillada para, justo después, aclarar que “me estoy alejando de los hechos y lo admito, pero también lo hacen quienes abogan por la posición contraria, y lo han estado haciendo durante miles de años”. Es decir, uno de los pesos pesados del ‘antiinnatismo’ reconocía abiertamente que la solución del debate no estaba en los extremos.

Pero esto que parece evidente desde el terreno científico, ha ocasionado una de las más feroces y encarnizadas controversias de la historia de las ideas. Planteado ya por los filósofos griegos, el debate “nature vs nurture” entró de lleno en el pensamiento occidental el año 1690 cuando John Locke publicó su ‘Ensayo sobre el entendimiento humano’ en defensa de la ‘tábula rasa’ y contra la existencia de ideas innatas cartesianas.

Doscientos años, miles de páginas y ríos de tinta más tarde, un joven inglés obsesionado con ‘El origen de las especies’ de Darwin, Francis Galton, se dió cuenta de que no habíamos avanzado casi nada. Galton, que ya había probado suerte como explorador en el África subtropical, decidió dedicar el resto de su vida a aplicar las ideas de su primo Charles al ser humano y sus capacidades. En 1869, presentó un estudio llamado ‘Hereditary Genius’ en el que exploraba cómo se podía heredar la psique humana. Hizo algunos hallazgos, pero seguía sin encontrar una manera de desenmarañar el problema.

Entonces, tuvo una idea: los gemelos. “Los gemelos llaman especialmente nuestra atención; es decir, su historia permite distinguir entre los efectos de las tendencias recibidas en el nacimiento y las que fueron impuestas por las circunstancias especiales de sus vidas posteriores”, escribió en el 1875. Sin embargo, nuestras escaso conocimiento de genética y embriología hizo que esa intuición nunca pudiera concretarse. Hubo que esperar a los años 20 del siglo XX.

Gemelos: la puerta de entrada a la naturaleza humana

Jelleke Vanooteghem 386022Jelleke Vanooteghem | Unsplash

Justo a la década en que Watson escribió la frase con la que comenzaba el artículo. En ese preciso momento, Ronald Fisher («el biólogo más grande desde Darwin» según Richard Dawkins) estaba a punto de revolucionar nuestra forma de entender el mundo al unificar la genética y la evolución en la conocida síntesis neodarwiniana. Ese era el elemento que faltaba para llegar a los estudios de gemelos.

Los estudios de gemelos han sido una de las herramientas básicas de la genética conductual porque permiten descomponer la variación fenotípica en componentes genéticos y ambientales. Es decir, en realidad no llevamos ni 100 años estudiando un fenómeno desde un punto de vista.

Aunque hay muchas variantes (gemelos separados al nacer, estudios con hijos de gemelos idénticos, etc…), el estudio de gemelos clásico se basa en el análisis de grupos de sujetos criados en los mismos ambientes. El procedimiento se basa en la existencia de gemelos monocigóticos (que comparten todo su material genético) y gemelos dicigóticos (que comparten un 50%). Al comparar estos dos grupos distintos en un rasgo en concreto, cualquier exceso de similitud entre los gemelos idénticos se podría asociar a los genes.

Al menos, teóricamente. Indudablemente, es un método útil para estimar la heredabilidad, pero no es perfecto. Estos modelos descansan sobre algunos supuestos teóricos y metodológicos que han sido muy criticados durante décadas. A priori, estos son los supuestos con más problemas:

  • Acoplamiento aleatorio: el modelo clásico supone que los mellizos comparten solo el 50% de los genes, pero, en realidad, no está claro. Eso sería así si las personas nos emparejáramos al azar, pero si tendemos a elegir a parejas con rasgos conductuales parecidos a los nuestros, ese acoplamiento no es aleatorio. Es decir, nuestros hijos podrían compartir más de la mitad de los genes pese a no ser gemelos.
  • Equiparabilidad ambiental entre hermanos: otro supuesto del modelo tradicional es que el “ambiente compartido” de los gemelos idénticos es equiparable al de los hermanos mellizos. De esta forma, al compararlos, podemos atribuir las diferencias a la genética. Aquí también hay dudas: bastantes indicios señalan que se suele tratar de manera más similar a los gemelos monocigóticos que a los dicigóticos.
  • Interacción gen-ambiente: por otro lado, se tiende a pensar que la interacción entre la genética y el ambiente es siempre igual, casi como si se tratase de una relación lineal. Sin embargo, muchos expertos señalan que esa interacción no funciona así. Un pequeña variación en el ambiente, puede producir efectos muy grandes en el fenotipo (o al contrario). Esto dificulta cualquier estimación.
  • Identidad de mecanismos genéticos: Este también es un supuesto clásico, pero difícil de sostener. Aquí se parte de la suposición de que los rasgos se heredan siempre por los mismos mecanismos genéticos, pero no es cierto. En la actualidad sabemos que numerosos rasgos fenotípicamente indistinguibles se deben a variantes genéticas distintas. Así, integrar rasgos conductuales heredados por distintas vías (y con distintas heredabilidades) es un problema serio.

Alejándonos un poco del modelo clásico, otros experimentos muy útiles (aunque más raros) son los de gemelos separados al nacer. La idea es que si comparamos hermanos que han crecido en ambientes distintos con gemelos idénticos separados, el extra de similitud se puede achacar a la genética. En este caso, los modelos se apoyan en el supuesto de “ambientes diferenciados”, un supuesto que también tiene problemas porque, para muchos rasgos, los ambientes diferenciados puede no presentar ninguna diferencia relevante.

Con los años, los modelos de gemelos han mejorado y muchos de estos problemas han desaparecido. La mejora de técnicas de la genética molecular está permitiendo completar la imagen desde el análisis del material genético propiamente dicho. Pero, en otros casos, como los mismos investigadores reconocen, muchas de estas limitaciones (aunque atemperadas) persisten.

Con todas estas precauciones (y fortalezas), la verdad es que los estudios de gemelos siguen siendo la mejor herramienta que tenemos para desenmarañar el debate entre naturaleza y la cultura. De hecho, décadas de estudios han ido dibujando una respuesta cada vez más completa, pero con todas estas limitaciones necesitábamos una visión de conjunto para dejar de dar palos de ciego.

La primera gran radiografía de la naturaleza humana

John Robert Marasigan 238147John Robert Marasigan | Unsplash

Por eso, hace unos años un grupo de investigadores decidió buscar esa visión de conjunto. Para ello, los investigadores reunieron todos (o casi todos) los estudios de gemelos que se publicaron entre 1958 y 2012 con la idea de realizar un metaanálisis que permitiera ‘bloquear’ las limitaciones de los estudios individuales y encontrar una respuesta más sólida.

En total, los investigadores usaron 2.748 estudios distintos que analizaban 17.804 rasgos conductuales en una población de 14.5558.903 pares de gemelos. Es decir, un metanálisis colosal que puede ser considerado como la primera gran radiografía de la naturaleza humana.

Para enfrentarse a los 17.000 rasgos, los investigadores los agruparon por categorías que exploraban cosas tan distintas como la presión sanguínea, los problemas inmunitarios o los valores sociales. Más aún: Los problemas psiquiátricos, el peso, la forma de las orejas, las interacciones sociales, los gustos culinarios… en estos cien años de investigación con gemelos, los científicos han realizado un sin fin de investigaciones sobre los temas más insospechados.

Esto ya es sorprendente por sí mismo, pero las conclusiones del metaanálisis lo son aún más. Según los datos, los 17.000 rasgos son heredables. Es decir, en palabras más técnicas, ningún rasgo tiene una estimación de heredabilidad ponderada igual a cero. Que la estructura de nuestros ojos o la forma de nuestras bocas tenga una base genética no sorprende a nadie, pero pensar que dos gemelos separados al nacer tendrán ideologías o gustos musicales parecidas suena más raro. Teniendo en cuenta que los datos son inconsistentes con la idea de que el ambiente compartido tiene una influencia sustancial, nadie puede negar la importancia de la genética.

Es importante tener claro que decir que “todo es heredable” no es lo mismo que decir “el ambiente es intrascendente”. En realidad, la consecuencia más clara de este estudio es que la ‘feroz controversia entre naturaleza y cultura‘ no tendrá ningún ganador. Somos, en cada faceta de nuestro ser, el resultado de una compleja interacción entre nuestros genes y el mundo que nos rodea, una larga conversación entre el pasado y el presente que camina hacia el futuro.

FUENTE: xataka.com

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