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La política es la fantasía más perversa, asegura el cineasta, Guillermo del Toro

Puede tener una mansión embrujada en California y soñar con las ficciones de H.P. Lovecraft, coleccionar libros de vampiros muy raros y recordar las portadas de la revista Duda. Pero se aterroriza de lo que pasa en México, duda de los políticos y denuncia la corrupción que hoy observa desde el autoexilio. El mexicano detrás de El laberinto del fauno, Hellboy y Pacific Rim tiene miedo, y nos cuenta por qué.

 

Por Mariano Menéndez e Hiroshi Takahashi

 

Toronto, Canadá.- A Ian Gibson le impresionó el recibimiento que le hicieron en México hace poco a su jefe, Guillermo del Toro. “Le pasaban a los bebés para que los abrazara, le tomaban fotos; era como el Papa”, dice el asistente del escritor y director mexicano. “Cuando les preguntaba para qué querían la foto, los padres me decían que en el futuro sus hijos entenderían con quién habían estado y se pondrían felices”.

Estamos en el piso 31 del Trump International Hotel & Tower de Toronto. A las ocho en punto de la mañana, del sábado 6 de diciembre de 2014, llegan Del Toro y su esposa al restaurante America. Los empleados del hotel no protestan cuando les pedimos permiso para descargar todo el equipo de los fotógrafos y comienzan a mover mesas para encontrar los mejores lugares para retratarlo. Solamente piden que se haga lo necesario, sin molestar a los clientes. Pero apenas y dos mesas están ocupadas. El lugar es para nosotros.

“Cuando tengo que hablar con alguien, vengo a esta torre”, dice Guillermo del Toro. “Siempre está solo en las mañanas, nadie se levanta temprano aquí”.

Afuera, el viento te dobla de dolor, es un frío que te hace rebotar los dientes. Adentro, rompemos el hielo con la anécdota que nos contó Ian y le recordamos que hace poco vimos que en China lo recibieron sus admiradores como estrella de rock; las filas interminables también se formaron en Japón y los gritos ante su presencia se desbordan cada que pisa algún escenario del Comic-Con International de San Diego. Guillermo cuenta que hace muchos años se quedó cinco horas platicando con sus fans en una convención de cómics en Los Ángeles. En aquél entonces platicaba entre cinco y diez minutos con cada persona. Si hoy lo pudiera hacer, lo haría. Pero las filas lo obligarían a quedarse semanas charlando con sus admiradores.

“Un amigo mío que es mago, mentalista, me dijo una vez que somos artistas cada que conocemos a alguien, ésa será la única impresión de esa persona sobre ti. Tienes que saber que parte de tu deber, como artista, es que esa persona se lleve un buen recuerdo”.

Guillermo del Toro continúa trabajando en la segunda temporada de The Strain, serie a la que le fue muy bien con FX. “Con un poquito de suerte vamos por la tercera, la cuarta y la quinta, y ahí para la serie. Entre tres y cinco temporadas es lo que le propusimos al canal”. Está trabajando muy duro. “Estoy terminando Crimson PeakEl Pico Escarlata, una historia de fantasmas, un romance gótico. Preparando una serie de animación y hasta un libro que sale en julio”.

En medio de mucho trabajo nos recibe y habla con soltura de todos los temas que se lanzan sobre la mesa. No le preocupa incomodar, desde hace muchos años es totalmente independiente de cualquier control gubernamental que se quiera ejercer sobre él. Vive más allá de México y del mundo. Creando mundos paralelos en un pequeño cuarto de Los Ángeles al que, promete, algún día nos invitará.

“El cuarto está siempre oscuro. Le construí un fondo falso a la ventana. Yo lo diseñé, fue una cosita muy sencilla. Cuando íbamos a poner la ventana, puse la ventana en el suelo y le aventé acrílico, y la dejé que secara. La pusimos, la atornillamos y le eché un poquitito de espray, un barniz mate, muy poquito. Entonces le puse dos proyectores teatrales atrás que proyectan lluvia, y puse un sistema surround, que prendes y se oye la lluvia. Así escribo y se ve padre. En Los Ángeles, en California, no hay lluvia, y yo extraño que en Guadalajara sí llovía mucho”.

Éste es un fragmento del recuerdo que nos deja el mexicano que triunfa en el mundo y que nos hace pensar que este país y sus nuevas generaciones, a pesar de la “nube negra” que los cubre, tienen un futuro brillante por delante.

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Foto: Jason Gordon.

¿Está con muchas ganas de agarrar cómics que están por ahí?

Sí, lo que pasa es que de chiquillo… yo me acuerdo que era martes y era ir con mi abuelita al puesto de periódicos de enfrente, íbamos al mercadito. Mi abuelita, que yo viví muchos años con ella, me decía: ‘escoge lo que quieras’. Y los gustos se fueron relajando. Como mi abuela se dio cuenta de que yo era muy raro, primero era Batman, Superman, luego empecé a comprar Domingos Alegres…

¿Vaqueras no?

No, vaqueras no, esto era mucho antes, de cuando era Editorial Novaro, cuando eran grandes, 32 páginas. Luego empecé a comprar Domingos Alegres, empecé a comprar Fantomas, ya Fantomas era cuestionable porque salían todas las Chicas del Zodiaco. Luego comencé a comprar Tradiciones y Leyendas, y de los superhéroes lo que más me gustaba eran los monstruos, la Criatura del Pantano, el demonio de Jack Kirby, todo eso. El del puesto le fiaba a mi abuelita y me salía con montones de cómics.

Usted ya es un personaje de culto, ¿qué cree que pasó para que eso sucediera?

Bueno, yo creo que la generación de gente que populariza o revalúa la cultura popular en cierta forma es nuestra generación. Nosotros llegamos en un momento muy concreto. Así como viene la primera generación de cineastas formados viendo otro cine, yo creo que nosotros somos una generación de cineastas que se formó viendo tele, cómics, media que en México es alucinante. La cultura que teníamos accesible como niños en los 60 era completamente internacional. Yo crecí viendo Astroboy, El Hombre de Acero, Kimba, Leo el León, o sea, todas las caricaturas de Osamu Tezuka estaban saliendo en México. No sé si eran baratas de comprar, accesibles, pero salían al año o a los dos años de salir de Japón. Estábamos al día. Cuando hablo con amigos japoneses no pueden creer que yo veía, por ejemplo, Fantasmagórico, que se llama Ogon Bat en japonés. Puedes hablar de una cultura que está completamente permeable a Godzilla, a Mothra, a las películas de la Hammer. En México por alguna razón privilegiada teníamos acceso a toda esa cultura. Y Editorial Novaro editaba todo DC [cómics].

Guillermo del Toro dice que la memoria visual que tiene es muy fuerte. Aprendió a distinguir a los directores que participan en las películas que vio de niño y recuerda las secuencias. Ayudó, además, que México era un eje de la cultura popular por accidente.

Usted es visto como una persona normal, pero a la vez extraordinario…

Lo que pasa es que yo no estoy muy a favor del mito de que los directores son gente inaccesible, como ajedrecistas del cine. Yo creo que lo que es muy bonito es que, a veces, es más bonito reconocer que las cosas interesantes o extrañas son compatibles con una vida normal. Son hechas por personas como nosotros. A mí me interesa más saber que las pirámides de Egipto las hicieron personas, a saber que fueron los extraterrestres, con rayos antigravitacionales. Eso no me parece nada interesante. Me parece interesante pensar que es una labor humana. El cine mitologiza mucho a los directores como ajedrecistas del cine. Yo he estado al lado de grandes directores en los momentos de oscuridad, de sudor, de duda, y estás a un lado de ellos y yo he visto grandes películas formarse por accidente, en los momentos de flaqueza. Pienso que es como cualquier arte o el deporte, lo que es emocionante en el deporte es el momento humano, el momento en que un gran jugador pierde un gol, o el momento de debilidad de un campeón de boxeo.

¿Con qué director se identifica?

A mí me gusta muchísimo Hitchcock y Buñuel, son los más cercanos a nivel emocional. Buñuel porque toda la vida, desde niño, soñé con conocerlo. Sabía que vivía en México, en el D.F. Soñaba con conocerlo. Justamente Emilio García Riera, Arturo Ripstein y Alberto Isaac, los tres estaban armando una cita para que yo conociera a Buñuel. Me decían: ‘Ora que vengas en noviembre y no sé qué…’ Murió Buñuel antes de que yo lo conociera. Me identifico con él porque creo que vivía una vida muy hogareña, que era un hombre que en su casa tenía una vida bastante clase media o normal, pero su cabeza vivía en un lugar muy raro. O sea, mi cabeza vive en un lugar muy raro, pero en la casa vivimos una vida muy normal.

Un lugar recurrente en sus historias son los niños.

Sí, los niños, porque todo el imaginario que tengo, absolutamente todo, se me formó cuando era niño. Te hablaba del puesto de periódicos, bueno, el puesto de periódicos en Guadalajara, en la esquina de Pedro Moreno y Robles Gil, en esa esquina, ese puesto empezó a llevar la revista Duda, la revista Duda, lo increíble es la verdad. Yo creo que tengo más de 350 números todavía.

¿Todo lo guardaba?, se le pregunta pero su esposa responde: “Todavía lo guarda”. “Todo”, remata Del Toro. “Tengo como 500 Fantomas, un montón de Familias Burrón. Duda, por ejemplo, fue el portal para todo lo esotérico. Empecé a leer libros de vampirismo, libros de ufología. Me abrió esa imaginación, todo pasó de niño. Yo cuento, y es verdad, que la mayoría de los libros que leí, los leí entre los siete y los 15 años, fue cuando leí más. Leía un libro cada día; era libro, libro, libro… y después, ya de grande, leía dos a la semana. Ahorita estoy leyendo otra vez, con mejor ritmo, por el iPad. Yo pensaba nunca leer en iPad, y ahorita me permite traer los libros conmigo.

Más de la infancia. Guillermo del Toro dice que si se observan bien sus películas, se darán cuenta de que la imagen de los niños en la guerra es muy importante, porque es completamente una visión diferente a la que tienen los adultos.

“Tú como niño ya estás en un mundo que no entiendes. Desde que eres niño estás en un mundo cuya escala es muy grande para ti. Si tú te fijas, la cámara yo la muevo como un niño, la muevo como un niño a partir de Mimic, pero incluso en Cronos, la muevo como un niño que está mirando. Está siempre moviéndose como para ver mejor, y está casi siempre abajo de la barbilla de los personajes, la altura del lente siempre más baja. Hay una mirada como que busca, el azoro de la infancia lo trato de capturar así”.

Las grandes tragedias de las guerras, para él, siempre serán los niños. “Ni siquiera pueden entender la política, que es justamente la fantasía más perversa”.

¿La política?

Sí, la gente me dice, la fantasía es un género menor. Pero realmente las fronteras son fantasía, el pasaporte es una fantasía, la geografía es una fantasía…

El dinero…

El dinero es una fantasía. O sea, fantasías que aceptan los adultos como algo común y que entonces las aceptan como racionales, pero son completamente irracionales.

¿Cómo ve a México desde afuera?

Justamente a nivel creativo me parece que es donde está la gran esperanza mexicana, en la creatividad de la gente. Yo creo que tenemos un país convulsísimo políticamente, pero un país donde la gente y el espíritu nuestro es lo más valioso que tenemos.

Guillermo del Toro estuvo recientemente en México por El libro de la vida (Jorge Gutiérrez, 2014), y conoció a una comuna de animadores que contactó por Kickstarter. Les hizo una donación y les escribió una cita. Estaban haciendo una animación que se llama Revoltoso. Lo sorprendieron y los sorprendió. En el D.F. desayunaron y le mostraron su admiración, le agradecieron ser contactados por la página de donaciones que dispara proyectos independientes. Ése es apenas un ejemplo. Dice que también está Celso García, alguien que conoció porque fue jurado en un concurso de cortos en Guadalajara. O Jorge Gutiérrez, que hizo El libro de la vida. “Tenemos una creatividad enorme, desbordada, gigante”. Destaca: “La creatividad mexicana es una de esas pocas cosas que todavía podemos celebrar”.

¿Cómo ves el apoyo del gobierno para fomentar que haya más «Guillermos», muchos más «Cuarones», más «Negros»?

Yo empecé realmente a trabajar de manera más formal en el cine a los 16-17 años. Filmé la primer película a los 27-28, entonces en esos diez años que yo estuve a caballo entre lo amateur y lo profesional, digamos, hubo tantos cambios, porque México cambia… cambiaba sexenalmente. Ahorita creo que hay una suerte de nube negra que mantiene la narcopolítica, mantiene una suerte de estancamiento, ya no viene el cambio sexenal tan fuerte, es una cosa gradual y oscura. En esos diez años yo pasé por cambio de sexenio y el cambio era enorme. Tenías un cambio de López Portillo, De la Madrid o Echeverría, cada uno de esos gobiernos tenía una política cultural diferente, y en algunos casos, completamente antagonista al cine.

Entonces veías, por ejemplo, los intentos de destrucción del cine, la quema de la Cineteca, y al mismo tiempo te dabas cuenta de que en la comunidad de cineastas había una gran solidaridad. Y la sigue habiendo. Yo sigo produciendo primeras películas al día de hoy. Las instituciones creo que son necesarias, pero poco fiables. Lo más importante es la solidaridad en la gente que hace cine. El escritor dice que Cronos (1993), por ejemplo, tardó más de lo normal en salir. Había ciertas partes del gobierno que no simpatizaban con él. “Cómo vamos a financiar una película de vampiros, mano”, le decían. Él entendió que es difícil para las instituciones entender la diversidad de voces. “Pero perfecto o imperfecto, el apoyo gubernamental es necesario”. Cuando acabó Cronos rememora que debía 250,000 dólares. Su esposa lo voltea a ver y sonríen. Fueron días difíciles.

Muchos creen que si se hubiera quedado en México no sería el Guillermo del Toro que hoy conoce el mundo.

Yo me hubiera quedado en México feliz. Yo creí que Cronos iba a facilitar las cosas y no fue así.

¿Cómo hizo para saltar de ahí a convertirse en un director internacional?

En su momento, cuando Cronos ganó la semana de la crítica, era la primera vez, en cerca de 30 años, que una película mexicana ganaba algo en Cannes. Después, Amores perros [Alejandro González Iñárritu, 2000] ganó el mismo premio. Pero en el momento en que lo gana, era una cosa rara. Y ganó, recuerdo, entre [premios] Arieles, esto y lo otro, veintitantos premios. Cronos en su momento fue mucho. En Estados Unidos tuvimos buenas críticas, en las dos Costas, algo muy importante en aquélla época. Pero recuerdo trágicamente una cosa, mi mujer estaba ahí cuando pasó: en el periódico, en los días en que iba a salir el review de Cronos, justamente es el momento en que matan a Colosio. Para mí fue el comienzo de la época más oscura que estamos viviendo ahorita.

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Foto: Jason Gordon.

¿De la nube negra de la que habla?

Sí. Estabamos leyendo la crítica en el periódico y veíamos la portada y decíamos: algo se acabó. Algo, no sabíamos qué. Pero teníamos la sensación clarísima de que algo, el modelo perfecto o imperfecto que existía en México ya estaba roto, que nadie lo iba a poder rearmar.

Justamente en Cronos, trataba yo de hacer una película post Tratado de Libre Comercio de vampiros y tuvo su repercusión en Estados Unidos. La vieron los Weinstein y Bob me llamó para hacer Mimic [1997] como un cortometraje. Empecé al mismo tiempo a trabajar en otras películas. Cuando yo llegué a mi primera junta en los Estudios Universal (¡Todavía guardo el papelito del estacionamiento!), llegué y me dijo la ejecutiva: ‘te queremos encargar el guión, pero te podemos pagar sólo lo mínimo’. ¡Y cuando me dijo cuánto era lo mínimo dije dónde firmo! Cuando me dijeron eso, dije: Me tardo tres cuatro años en pagar la deuda’. Y efectivamente me tardé eso. Me empezaron a encargar guiones diferentes estudios. Tuve la junta con Weinstein y lo empezamos a desarrollar como un cortometraje, que iba a ser una película hecha por cuatro historias de media hora. Y les gustó tanto que dijeron ‘hay que hacerlo largometraje’. Les dije ‘no creo que dé’. Al día de hoy, sigue siendo la peor experiencia de cine que he vivido, porque en México no hay problemas con el control creativo. En cambio en Mimic hubo mucho conflicto con el control creativo.

Aprendiste…

Es cuando aprendí la palabra más importante en el quehacer cinematográfico, que es la palabra “no”. Porque en México todo lo hacemos con un sí. O sea, realmente haces cine porque tus cuates te ayudan a hacer cine. [Alfonso] Cuarón o el Negro [Alejandro González Iñárritu], el “Chivo” [Emmanuel Lubezki], todos somos cuates y te ayudan. Yo le hacía los maquillajes gratis al Cuarón, o leía sus guiones y le daba ideas, o él leía mis guiones. En fin, actué en Hora marcada en un guión que escribimos juntos y que él dirigió. En cambio acá era un asunto de poder, porque con el dinero viene el poder y con el poder viene el conflicto. Y eran un montón de grillas, afortunadamente para mí como mexicano, había aprendido de grillas y sobreviví. Fue una experiencia muy dura.

¿Cuándo regresa a México a trabajar?

Bueno, yo como productor he seguido activo en México, desde Cronos hasta ahorita.

¿Pero no hay una historia que quiere filmar allá?

Yo tenía una historia que quería, mucho, hacer en México. Se llamaba Plata, era de un luchador retirado, que tenía la rodilla rota y se metía de guarura de políticos, y se daba cuenta de que los políticos eran vampiros. Pero esto era en un tiempo mucho más ingenuo. Él se ponía la máscara de regreso y empezaba a matar políticos. A ese personaje lo metí en las novelas de The Strain, en la segunda novela sale El Ángel de Plata, es diferente pero es el mismo personaje. Ahora, en la segunda temporada, dirijo los capítulos en blanco y negro de las películas originales del Ángel de Plata. Enmascarado, con las vampiras en bikini. Había un cuento de Agustín Yáñez que me gustaba mucho [un cuento] que se llama “Gota serena” [en Tres cuentos, Joaquín Mortiz], me encanta Al filo del agua [Porrúa], me hubiera gustado mucho dirigir cosas digamos en territorio de Juan Rulfo, en el territorio de los campos secos con polvo que rasca la garganta, polvo pardo que araña la garganta, las playas de Sayula… Pero es una carrera que ya nada más puedo fantasear.

¿Por qué?

Porque es muy difícil para mí, después del secuestro de mi padre, volver a México y publicar una hoja de llamado de rodaje en donde se diga: al señor Del Toro lo recogen a la 5:30 de su casa, llega al set a las 7:30, se sale a las 17:00 horas. O sea, en un rodaje de cine están planeados y publicados exactamente todos tus movimientos. [Es la primera vez durante la charla que el tono de voz de Guillermo del Toro se endurece, se pone serio, guarda la sonrisa].

¿Ya no confía en México?

No, no confío en la idea de estar en un rodaje de 70 días con miedo. Es absolutamente irreal para mí.

¿Está enojado con México?

Para nada, al revés, yo extraño muchísimo México. Pero lo peor que le puede pasar a un paranoico es que tenga la razón, y a mí, en el momento en que pasa lo que pasó con mi papá, yo tengo absolutamente que tomarlo como una realidad y sí, soy cineasta, pero soy jefe de familia. Soy esposo, soy padre, antes que nada. Sabiendo cómo un rodaje de cine es, profundamente público, profundamente accesible… Y te digo la verdad, ir a rodar a México, con un cuerpo de seguridad, qué cosa tan espantosa. Es imposible y qué cosa tan espantosa.

¿Acá qué coche maneja?

Una camioneta normalita, 4×4, que renta la película, de señora que recoge niños en la escuela. De hecho, era la de mi señora, me dijo ‘cámbiamela, está muy grandota’.

¿Usted sigue mucho las noticias de México?

Sí.

¿Y las notas de la «Casa Blanca»?

Para mí lo que pasa es que la situación ahorita rebasa ya los límites que yo conocí cuando vivía allá. Nosotros nos salimos al principio del desmoronamiento, de la descomposición, hay cosas absolutamente incomprensibles. La dimensión de la violencia es alucinante. Entonces, en medio de todo esto, también los descubrimientos de corrupción que parecían extraordinarios en los 80 son como cándidos ahorita. Te lo voy a decir, más allá de la “Casa Blanca” o cualquiera de las puntuales anécdotas: lo que es aterrador es que antes tenías una intersección entre poder y corrupción. Se aceptaba como una forma de funcionamiento en el país. Decías, hay que dar “mordida”, todo el mundo hablaba de una intersección entre lo que era y lo que debería ser. Lo que era, una realidad corrupta, afectada por la ocasional excepción moral a través de pagos de dinero. Ahorita lo que pasa es que están fusionados. La corrupción es la forma de gobernar. Es la fusión entre crimen organizado y gobierno, absolutamente está tejida de una manera que realmente me aterra porque es sistémica.

Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu hicieron mucho ruido en el MoMA por la desaparición de 43 estudiantes en México.

Le dimos lectura a un texto bastante extenso. Realmente, lo que queríamos, era que la gente entendiera en ese momento lo que estamos viviendo. Lo que a mí me asusta de hablar de cada caso, es que cada caso fuera el escándalo, y no. No es el escándalo de una casa, es sistémico. No es que hayamos descubierto una cosa de excepción. Es sistémico. Es sistémico a un punto que yo veo un ajedrez político, mirando hacia un abismo.

¿Y dónde ve la solución?

Lo único que nos queda es confiar como ciudadanos, unos en los otros. A mí, realmente, a estas alturas confiar en un cambio que venga a nivel gobierno es profundamente ingenuo. Es la ciudadanía. Es el movimiento civil y no tener miedo de decir, qué importa si eres carpintero o cineasta, tienes que levantar la voz. Tienes que decir que no puede continuar esto así. Yo sí creo que un gran país tiene más posibilidades de existir con grandes ciudadanos, que pensar que un gran país viene de un gran gobierno.

¿Te aterra?

Lo que me aterra es que hay una falta de cuestionamiento. Ya no tiene proporción humana la corrupción. Déjame ponerlo así: cuando oías que Durazo se fabricaba un Partenón, tenía una dimensión. Una cierta dimensión. Eran crímenes horripilantes que culminaban en la construcción de un Partenón. Pero ahorita preguntas cuánto es suficiente, cuánto es suficiente para saciar esa corrupción. ¿Hasta dónde? Estás hablando de poder, cuando el dinero se convierte en poder, pierde su dimensión. Tú como individuo puedes entender 50,000 dólares. Como individuo puedes entender 100,000 dólares y el efecto que tendrían en tu familia. Si me das 20,000 dólares entiendo perfecto qué efecto va a tener en mi familia. Hago esto, hago lo otro. Puedes entender un millón de dólares. Pero cuando ya hablas de cifras que se traducen exclusivamente en tráfico de poder, es de una proporción que escapa a las soluciones de las que yo puedo hablar. Hay una cultura de maldad en esta hambre de poder que es casi incomprensible.

Los mexicanos están muy despiertos…

Exactamente. Alfonso y yo tratamos de decir que… Alfonso lo dijo muy claro, me pareció perfecto cómo lo fraseó, él dijo: “No es mi voz la que importa, es sumarnos, sumarnos a las voces”. Hablábamos de hacerlo antes o después, y dijimos que teníamos que hacerlo en el MoMA [The Museum of Modern Art, en Nueva York]. Pensamos muy bien dónde hacerlo. Ni él ni yo tenemos social media. Yo no estoy ni en Twitter ni en Facebook ni en nada de eso, y me parece que la dimensión de la desaparición de los estudiantes no puedo comentarla en 100 palabras o no sé cuántas son. ¡No puedo!

¿El futuro de México se ve peor, no?

Por un lado, pero por otro, a mí me parece que cuando vez a un país políticamente despierto, que viene de una tragedia absolutamente terrible, yo creo que la esperanza está en la ciudadanía. La esperanza está en la protesta y en decir que ya no.

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FUENTE: forbes.com.mx

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