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EDITORIAL: Selfie con puma asesinado

La caza de puma es constante en el noreste de México. Hace poco se viralizaron en Nuevo León unas fotos donde una jauría de perros acorralaba a uno de estos espléndidos animales y otras en las que dos cazadores cargaban con desenfado a la presa muerta. Se trató de una cacería abusiva y despiadada.

Por supuesto, no basta con que intervenga la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA). Hace falta reformar la Ley de Protección Animal para que las denuncias por maltrato animal sean atendidas por el Ministerio Público y no solo por autoridades administrativas.

Una cosa es la caza y otra muy distinta la matanza de animales que desprestigia el oficio más viejo y a la vez más digno del mundo. Lo que hicieron estos linchadores del puma no es cacería sino tecnología de muerte, ocio aséptico de clases acomodadas; lo opuesto al romanticismo montaraz que comulga con la fauna en igualdad de circunstancias. Disparar no es cazar.

Entre una práctica y otra se abre un abismo de diferencia que bien explicaba don Miguel Delibes, novelista genial y cazador de vocación: “Lo que hay que preguntarse no es si la caza es cruel o no lo es, sino qué procedimientos de caza son admisibles y qué otros no lo son”.

Y es que el buen cazador cuida por instinto el equilibrio ecológico y se confunde con el hábitat de las aves, mamíferos y peces que para los citadinos no son más que posibles trofeos de decoración casera. Pero para el hombre de campo retornar a lo básico en temporada de caza representa un paréntesis de soledad benéfica, así se haga acompañado de colegas.

El verdadero cazador madruga en los montes, resiente las bajas temperaturas, pone a prueba su conocimiento del terreno, se cansa, anda y se desgasta, busca, calla para no espantar la presa, va tras ella, sigue sus huellas, camina por la maleza y come mal en la tienda o en los matorrales. El cazador auténtico está a solas con su rifle, cavila en su condición mortal de ser humano: es tan libre, rebelde y solitario como el animal silvestre al que se enfrenta.

La caza auténtica es una fuga efímera de la vida urbana para recobrar parte de nuestra arcaica naturaleza nómada: lejos del asfalto, de la calefacción, de la comodidad hogareña, de los convencionalismos sociales, la cacería es la liberación de los atavismos tribales sublimados en la cultura urbana, maquillados de convivencia y buenas maneras, pero latentes en los instintos salvajes transmitidos por herencia genética que cuando se canalizan bien, a cielo abierto, no tienen porqué ser malsanos.

Hay que denunciar la cacería ramplona de estos asesinos de pumas, que no aman a los animales y que los derriban por el placer morboso de fotografiarse con su cadáver. Pero valoremos la caza pura, sin trampas tecnológicas, sin comodidades frívolas y que acepta el duelo justo con los reflejos instintivos y la sana desconfianza del animal salvaje: el destino y el devenir azaroso de la vida que juega en igualdad de condiciones para ambos bandos.

 

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