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EDITORIAL: Santiago Vidaurri en primer plano

EDITORIAL: Santiago Vidaurri en primer plano

Santiago Vidaurri es una figura marginal en los libros de historia mexicana. Su presencia en el acontecer nacional actúa como una especie de cameo de película: aparece espectacularmente en una escena y luego extrañamente desaparece en las siguientes.

 

Entre sus contemporáneos apenas lo menciona en sus memorias el príncipe Salm Salm. El médico austriaco de Maximiliano, Samuel Basch (que tanto nos desprecio, por otro lado, a los mexicanos) se refiere a él en breves líneas. En México a través de los Siglos lo tratan como un insurrecto traidor. Doña Concepción Lombardo, viuda de Miramón, se refiere a él con cierta deferencia, pero sin ahondar en su persona. Ignacio Ramírez, El Nigromante lo defendió un par de ocasiones como colega liberal en la tribuna del Congreso.

 

Miramón lo ninguneó en campaña, tildándolo de faccioso (igual Santos Degollado desde el bando liberal) y hasta le negó el tratamiento de “don”, tan importante en esa época de estrictas normas de etiqueta, aunque después en el sitio de Querétaro entablaron algo parecido a la amistad. Zaragoza lo respetó pero siempre lo supeditó a los designios del centro. Juárez fue cauteloso en su relación epistolar con él, y le recomendó a los suyos acercarlo antes que eliminarlo, pero cuando se vieron frente a frente en Monterrey, la relación se desbarrancó en la rispidez y la ofensa personal.

 

Para ser francos, quienes conocieron en vida a Vidaurri, no le prodigaron elogios desbordantes. Tarde o temprano le dieron la espalda José Silvestre Aramberri, Mariano Escobedo, Miguel Blanco, Ignacio Zaragoza, Gerónimo Treviño. Ciertamente no era un seductor como Antonio López de Santa Anna, ni un cacique venerable como Juan Álvarez, ni un bien intencionado como Ignacio Comonfort, ni un puro como Melchor Ocampo, ni un monárquico de corazón como José María Gutiérrez de Estrada, ni un militar sanguinario pero efectivo como Leonardo Márquez, ni un romántico de la guerra como Miguel Miramón, ni un grandilocuente ingenioso como Guillermo Prieto, ni un ideólogo como su consejero áulico Manuel García Rejón.

 

Sí dijo de él la emperatriz Carlota que tenia la fisonomía y las maneras de un estadounidense y la malicia de un bárbaro (no en balde cundió la especie de que por sus venas corría sangre lipán y su táctica de guerra era pelear a lo comanche, con mas presencia de caballería que de infantería, y el uso de mustang, caballos mexicanos rápidos y achaparrados sobre los que guerreaban los comanches, a diferencia de los apaches, por ejemplo, que llegaban al sitio del ataque en su montura, se apeaban y peleaban a pie).

 

Los rasgos de Vidaurri eran severos y duros; levita rigurosa. Se le reconocieron talentos irreprochables de administrador nato y meticuloso. Lo suyo eran los libros de contabilidad, pertrechar y suministrar tropas, organizar redadas contra los barbaros y redactar cientos y cientos de cartas alumbrado por un quinqué: su mejor forma para relacionarse con la gente.

 

Por lo demás, solía ser un emprendedor generalmente precavido, audaz en momentos clave, pero sometido frecuentemente por la incontinencia de su temperamento. Sufrió a menudo los estragos de la hibris, como decían los griegos, es decir, la desmesura y falta de límites, que en su caso, paradójicamente, no estaba reñida con ráfagas de cordura y sentido común.

 

No bromeaba ni era de risa fácil. No fue fiel a su esposa – le gustaba enamorar mujeres -, ni muy leal con sus socios de correrías, a excepción de algunos íntimos como Juan Zuazua o Julián Quiroga (y éste último porque se dijo que era hijo natural suyo).

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