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EDITORIAL: Mi odisea mística en el temazcal

EDITORIAL: Mi odisea mística en el temazcal

Pagué el temazcal en Tepoztlán con la esperanza de hablarle de tu a los espíritus. Una de tantas pruebas de que uno se vuelve viejo, es que cada vez le hablas a más gente de tu. Y viceversa: la mayoría de las personas te hablan de usted. Pero hablarle de tu a los espíritus son palabras mayores.

 

Llegué con mi camisa de dril blanca y unas bermudas. Me recibió una chamana, o guía espiritual o hostess mística o como se diga. Yo esperaba ver una versión morelense de María Sabina, pero no, resultó ser una hippie en bikini, sonriendo como esas caritas prehispánicas de Veracruz, que se identifican con Xochipilli, dios de la danza.

 

Menos me agradó ver a mis tres roommates en el mentado temazcal: un gringo gordo, que a duras penas hablaba español, una viejita esa sí igual a María Sabina, y un chavo con pinta de degenerado, como esperando que el ritual incluyera iniciación sexual. Medí mentalmente el tamaño del temazcal, no más grande que un tipi apache, y lo comparé con el volumen corporal del gringo gordo: definitivamente no íbamos a caber.

 

Quise tomar la palabra, para compartir mis cálculos matemáticos, pero la chamana/hippie/hostess nos ordenó en trance místico que entrásemos sin camisa y arrodillados al baño de vapor, de atrás para adelante. Infortunadamente, el gringo gordo entró después de mi, así que por un instante adentré mi nariz en las turbias entrañas del imperialismo yanqui.

 

Oscuridad absoluta, como boca del lobo (aunque francamente nunca me he asomado al hocico de ese animal). Yo no sabía que era claustrofóbico a los cuartitos prehispánicos hasta que entré a este. Ni que tenía fobia a los gringos gordos, hasta que me senté al lado de uno. Ni que tenía repulsión a las piedras humeantes, hasta que me embargó la cabeza un vapor medicinal que me limpié con hoja santa. La chamana/hippie/hostess nos pidió dar a los espíritus en voz alta nuestros nombres respectivos y la viejita respondió: “me llamo María”. Ahí comencé a asustarme.

 

Sudoración, sensación de sofoco, traslación ipso facto a mi infancia, azotes con ramas, regreso al vientre materno. Olía a mota. Nuestra chamana se quitó la parte superior del bikini (para esas cosas uno ha desarrollado poderes para ver en la oscuridad) y nos pidió hablar con los ancestros. El chavo degenerado preguntó qué era eso. “Tus papás”, le aclaré, “y tus abuelitos, si es que están muertos”. Pues no lo estaban. Y peor: su papá era el gringo gordo que estaba al lado mío. Y su mamá la viejita con cara de María Sabina. Yo sentí hormigas subiendo por el templo desnudo que era mi cuerpo. ¿A los ancestros se les habla de tu o de usted?

 

El colmo fue que la chamana/hippie/hostess invocara a las cihuateteos, o sea, a las mujeres muertas en el parto que se convierten en diosas: conversión bien merecida y a las que siempre he defendido. Pero luego la muchacha habló de los siete chakra, del Tercer Ojo y de ciertos rituales hindúes. Sufrí para deshilar semejante enredo. No pude más: tanto sincretismo sin ton ni son me dio nauseas. Me acosté y respiré hondo. “¿Te pasa algo, Eloy? ¿Sientes que te hablan tus ancestros? ¿Escuchas sus voces? ¿Qué te dicen?”. Y me bañaba con agua fría.

 

Yo nunca he oído voces, ni visto fantasmas, ni sentido aparecidos. Y a mi edad tales delirios son afanes inútiles; lujos emocionales que ya no me puedo dar. Así que me puse de rodillas y murmuré: “que me perdonen los espíritus, los reales y los imaginarios, pero de momento no quiero saber de esos respetables caballeros”. Gateando me escapé del temazcal, me puse mi camisa y decidí que volvería a intentarlo con la nueva luna, o sea, a los veintiocho días de esta experiencia truncada. Por ahora, concluí la jornada de purificación con una senadora botella de mezcal.

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