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EDITORIAL – AMLO: la victoria del estadista solitario

EDITORIAL – AMLO: la victoria del estadista solitario

Salen a la luz los archivos privados del expresidente español, Felipe González y uno no puede menos que compararlo con Andrés Manuel López Obrador. Si bien ambos son hombres de poder, sus diferencias de personalidad los vuelven amigos imposibles. De hecho, no han simpatizado del todo en sus encuentros personales.

 

No hay perfiles más antagónicos que el de Felipe González y el de AMLO, aunque ambos cargan de origen una melancolía irremediable que les estigmatiza su vida pública y acaso también la privada, tan gravitantes de enigmática soledad. Aunque González gusta de la disquisición filosófica y AMLO en cambio, es parco en su léxico y dialéctica, tienen afinidades electivas: son hombres de pocos amigos, se han formado a sí mismos sin claros mentores, y ninguno de los dos son seres gregarios. Les gusta encabezar manadas humanas, guiar cardúmenes de hombres y mujeres, pero no hay corazón más solitario que el del guía de pueblos, o quien quiere asumirse como tal.

 

La imagen más memorable de Felipe González es una fotografía donde está sin personas alrededor, meditando con unos naipes en la mano, en el sótano de La Moncloa.  No juega a la baraja. Tampoco posa. Simplemente se deja llevar por las aguas del tiempo, como un resignado náufrago que comienza a solazarse con sus nostalgias inconfesables.

 

El video más revelador de AMLO no es discurseando en un templete, sino persiguiendo una paloma blanca, en un callejón de Guanajuato. Los enemigos bromistas del flamante presidente desentrañaron la escena como la evidencia de un viejo chocheante, cuando en realidad es una imagen simbólica de quien persigue el poder, sin querer realmente cazarlo. ¿Qué otra cosa hubiera hecho AMLO con la paloma retenida entre sus manos, más que liberarla de nuevo al viento?

 

Entre los textos que guardan los archivos de González, hay pinceladas de añoranza extrema: “no puedo pensar que de esta actividad sólo te saca la edad o la derrota total”. Pero ambos, Felipe y Andrés Manuel, aprendieron en carne propia que en ese pleito callejero que es la política, no hay derrotas totales, sólo contiendas eternas en donde la única mafia letal, devastadora, es el tiempo.

 

“¿En qué momento hay que dejar el poder?”, se preguntaba el expresidente español a sus 46 años. Al contrario de ese planteamiento de quien iba prematuramente de salida, AMLO se pregunta cómo tomar el poder a sus 64 años. Y la repuesta es como la caza de esa paloma de Guanajuato: con la certeza de que todo poder se acaba tarde o temprano, pasa deprisa, y hay que ejercerlo con prudente moderación. Porque el tiempo es como esa ave que al final nos deja abajo, solos en el callejón, mientras remonta el vuelo sin nosotros.

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