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EDITORIAL: El reportero que no aceptó el chayote

EDITORIAL: El reportero que no aceptó el chayote

Como ilustración del lúcido artículo de José Jaime Ruiz (“Comentocracia en crisis”) contaré la historia de un columnista no chayotero. Un joven reportero fue obligado a arruinar la reputación de cierto Secretario de Salud (soltando el chisme de que había matado a su propia esposa) porque no quiso pagar el chayote correspondiente al periódico. Así se ganó la venganza “de quien manda”. Sin embargo, el joven reportero no quiso prestarse al ilícito de su jefe.

 

Empeorando las cosas, un diputado federal, enemigo del Secretario de Salud, pagó a dicho periódico para que hundiera a su rival, seguro de que en la grilla mexicana, “la muerte física no es nada comparada con la muerte civil”. La editora del suplemento de sociales del mismo periódico, estimaba al joven reportero pero debía ponerse del lado del dueño del medio, de quien por cierto era amante.

 

Otro periodista decano, curtido en la práctica del chayote (su frase célebre era “no me importa que me odien con tal de que me teman”) regañó al joven reportero por negarse a escribir tamaña difamación, aunque en el fondo, también admiraba al joven reportero por su honestidad. El viejo periodista aceptaba que el “ejercicio lucrativo de la prostitución de la palabra degradada a llenar cuartillas, columnas, planas, hacía efímera a la prensa, vacua, escandalosa y comercial”.

 

Para apaciguar la rebeldía del joven reportero, el dueño del periódico dejó que escribiera el reportaje a su gusto, lo firmara con su nombre en primera plana, pero terminó por publicarlo con las correcciones  de otro redactor más venenoso, al cabo “quien firma el reportaje es lo de menos. El periódico es lo importante”.

 

Al darse cuenta el joven reportero de que fue usado, sufrió un ataque de ira y la emprendió a golpes contra el dueño del periódico que lo despidió en ese mismo instante, aunque sin levantarle cargos. El joven reportero acusaba a gritos a su jefe de hacer amarres con el gobierno, “que lo subvencionaba, lo compraba y callaba retacándole el hocico de billetes”.

 

Leo los pormenores del caso y suscribo cada palabra que soltó el reportero: “el asco de la mafia que desde la impunidad de sus escritos maneja y deshace reputaciones y prestigios; que falsea la verdad, que calumnia y miente con el mayor descaro, porque al final, con publicar una rectificación (si llega a ser preciso), con eso han cumplido”.

 

El nombre del joven reportero era Carlos, el dueño y director del periódico se llamaba Alfonso, el diputado federal se apellidaba Gómez y el Secretario de Salud era el doctor Fernández. La editora del suplemento de sociales se llamaba Marta Crespo y todos son personajes de la obra de teatro “A ocho columnas” del gran cronista, poeta y dramaturgo mexicano Salvador Novo, montada el 2 de febrero de 1956, bajo la dirección del propio autor. Luis Martín la montó 18 años después, en 1974, en el Teatro Municipal José Calderón, en Monterrey.

 

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