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Dos décadas sin Akira Kurosawa: el emperador del cine que marcó al Occidente

Akira Kurosawa murió de un derrame cerebral el 6 de septiembre de 1998. Estaba casi ciego y como en su película “rara”, Los sueños, quizá vivía en esa tercera dimensión donde filmaba una nueva entrega de Godzilla o se hacía como había querido desde la infancia pintor.

Allí, en esa zona de limbo, vería también Cuervos, el quinto cortometraje de la película Los sueños, donde Martin Scorsese hace de Vincent Van Gogh.

Hubo un tiempo en que la juventud se construía a fuerza de cine y él era un maestro. No sólo del cine japonés, que lo era con filmes como Dersu Uzala o Ran, sino del cine mundial: el verdadero rey, la gran majestad.

Los siete samuráis, la película estrenada en 1954, ganó el León de Plata en la Mostra de Venecia y dos candidaturas al Oscar. Fue su filme más exitoso.

“He nacido en una familia de samurais. De hecho, conozco muy poco la pequeña burguesía. Es por esta razón que me ha costado escribir sobre este ambiente”, dijo Akira, el menor de ocho hermanos, a la BBC.

-Debo, en gran medida, mi fe en la humanidad a las películas de Kurosawa. Pero también comprendo su posición contra la enorme injusticia de haber usado la bomba atómica solo contra civiles y que americanos y japoneses pretendan que Japón olvide. Pero me parece especialmente injusto acusar a la energía atómica sin tener en cuenta los grandes servicios que puede prestar al progreso de la humanidad. Hay en esto una confusión de sentimientos, debido a la irritación que usted siente, porque sabe que Japón ha olvidado y porque dice que el culpable, que para usted son los Estados Unidos, no ha llegado a reconocer su culpa y a dirigirse al pueblo japonés ofreciéndole las disculpas que le son debidas.

-Los seres humanos serían más humanos si pensaran que hay aspectos de la realidad que no pueden manipularse. No creo que se tenga derecho a crear niños sin anos o cabras con ocho patas, como ha ocurrido en Chernóbil. Pero esta conversación ha derivado hacia algo demasiado serio y esa no era mi intención”. Una entrevista de Gabriel García Márquez (1927-2014) a Akira Kurosawa, que vivió durante 98 años y que tuvo que dejar la escuela de arte por falta de dinero, se hizo asistente de dirección luego de ver un anuncio en un periódico y que llegó a hacer más de 30 películas.

En la primera tanda, Akutagawa: Rashōmon (1950), Ikiru (1952), Trono de sangre (1957) y Los canallas duermen en paz (1960), algunos títulos. En 1961 estrenó Yojimbo, con Toshiro Mifune, su actor fetiche, como lo muestra el libro La vida y películas de Kurosawa y Mifune. El emperador y el lobo.

Según el autor del libro, Stuart Galbraith, el impacto del trabajo de los dos cineastas “es innegable”; Akiro Kurosawa, el emperador, abrió, de la mano del magnético Toshiro Mifune, el lobo, las puertas del cine japonés a occidente.

Precisamente, por estar influido por Occidente, en Japón fue muy criticado.

“Cada vez que realizo una película. Eso que escriben no es cierto. Es muy difícil de soportar. Intento no hacerle caso, pero no lo logro. Un día, me di cuenta que si intentaba un proceso de difamación, podría ganarlo, tenía pruebas suficientes. Pero la justicia es muy lenta. Llevaba demasiado tiempo. Luego me he visto obligado a vivir con ello. De todos modos, la prensa amarilla no sabe más que escribir malicias sobre la gente”, dijo a la BBC en su momento.

Agotado su crédito en su país natal, en 1975 logró que las autoridades soviéticas financiaran la película Dersu Uzala, rotundo triunfo que le permitió obtener su segundo Oscar y financiar Ran (1985), una espectacular adaptación de El rey Lear, de William Shakespeare.

Era muy alto. Tomaba mucho whisky. Filmaba como nadie: empleaba las lentes de teleobjetivo por la manera en que aplanaban el encuadre y porque creía que situando las cámaras lejos de los actores se lograban mejores interpretaciones. Era muy autoritario como director.

“No tengo el intelecto o la profundidad o el don natural. La grandeza no está en mí. Cuando ves escenas en películas de Kurosawa, sabes que está loco en el set. Había 100 caballos y todo tenía que ser perfecto. Él estaba loco. No tengo nada de eso”, dijo Woody Allen en una entrevista reciente para The Independent.

El mejor cine siempre necesitó de locos como Akira Kurosawa.

FUENTE: sinembargo.mx

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