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EDITORIAL: Acosos

EDITORIAL: Acosos

Luchar contra el acoso sexual implica deconstruir el mandato de masculinidad, es decir, el imperativo patriarcal de ostentar el poder masculino en lo sexual, lo político y lo moral.

Esta identidad masculina domina para mal las relaciones sociales. En entornos como el de Monterrey, el hombre vive bajo la presión social de tener que probar su virilidad entre sus mismos congéneres, a costa de las mujeres.

En el extremo de este mandato de masculinidad, la violación o el acoso a una mujer no sólo busca una mera satisfacción sexual, sino la expresión de ese dominio machista, de ese desplante viril de poder.

Tanto, que a la víctima se le vuelve públicamente culpable: “tu, mujer, por tu vestimenta, tus diversiones a deshoras, tu salida a la calle con tacones altos que te impiden correr, eres la culpable de despertar los instintos agresivos del hombre”.

Esta lógica cruel la interiorizan incluso muchas mujeres, que por apegarse a al mandato de masculinidad también son agresivas y violentas: actúan como un espejo del machismo, replicando sus peores defectos.

Una buena parte de las televisoras, la prensa, la radio y las redes sociales en México, difunden consciente o inconscientemente este mandato de masculinidad.

Díganlo si no, los comentarios sexistas contra las víctimas de violación: “ella se lo buscó por salir de un antro en la madrugada”.

Al radicalizar esta culpabilización de la mujer, se le cosifica: se restan sus atributos de persona, se le condena su voluntad y su libre albedrío.

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