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El indomable George Dantzig y la verdad que esconden los mitos urbanos, historias viejas y remedios tradicionales

Un día un joven estudiante de doctorado llega tarde a una de sus clases de estadística. Se sienta al fondo de la clase y ve que, en la pizarra, hay dos problemas escritos. ‘Tareas para la próxima clase’, piensa y, esa tarde, se pone a resolverlos. Le parecen un poco más difíciles de lo habitual, pero, como se había perdido buena parte de la clase, no le extraña demasiado. Los resuelve, los entrega y pasa al siguiente tema.

El único problema es que no se trataba de simples deberes. El profesor había empezado la clase escribiendo dos ejemplos de problemas estadísticos muy conocidos, pero que nadie había resuelto aún. Es decir, el joven estudiante, sin saberlo, había resuelto dos de los problemas sin resolver más conocidos de la estadística de su época. Ahí empezó la leyenda. Su publicación en un libro de autoayuda, le acabó por añadir el apellido de “urbana”

Una leyenda urbana

George Dantzig

Algo que se contaba en todas las charlas de motivación y que ilustraba el poder del pensamiento positivo. Con el tiempo la mítica historia del ‘problema imposible’ inspiró la escena introductoria de una de las películas emblemáticas de todos los aficionados a la ciencia y a la tecnología, el Indomable Will Hunting. Total: una historia más para convencernos de que si no fuera por los límites que nosotros mismos nos podemos, podríamos hacer cualquier cosa.

Con una salvedad: la historia ocurrió en realidad.

Tenemos que irnos a 1939 a la la clase de estadística que impartía el profesor Jerzy Neyman en la Universidad de Berkeley. Ese estudiante tardón que vemos entrar a mitad de clase se llamaba George Dantzig. El mismo lo explicó en una entrevista para College Mathematics Journal hacia 1986:

En la pizarra había dos problemas que supuse que eran la tarea. Los copié. Unos días más tarde me disculpé con Neyman por tomarme tanto tiempo para hacer la tarea; los problemas parecían ser un poco más difíciles de lo habitual. Le pregunté si todavía lo quería y me dijo que lo tirara a su escritorio. Lo hice, a regañadientes eso sí, porque su escritorio estaba cubierto con un montón de papeles y temía que los ejercicios se perdieran allí para siempre.

Unas seis semanas más tarde, un domingo por la mañana, como a las ocho en punto, [mi esposa] Anne y yo nos despertamos cuando alguien golpeaba la puerta de nuestra casa. Era Neyman. Entró con los papeles en la mano, emocionado: “Acabo de escribir una introducción a uno de tus documentos”, me dijo. “Léelo para poder enviarlo de inmediato a publicar”. En ese momento, yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Efectivamente, los dos problemas eran problemas estadísticos sin resolver. El primero lo publicó con Neyman y el segundo se publicó años después, cuando otro matemático que había llegado a una conclusión similar, leyó el trabajo de Dantzig y le ofreció la co-autoría.

La mayor parte del trabajo de Dantzig se desarrolló en programación lineal (se le considera el padre este campo de la optimización matemática), pero esa simple anécdota le convirtió en un héroe. Aunque, para mi, lo más interesante es que se trata de un ejemplo tan trivial como fantástico del “fenómeno Schliemann”: que las historias más inverosímiles ocultan a veces cosas verdaderas y que muchas otras veces dejamos de creer cosas sencillamente por quien es el mensajero.

Schliemann o la verdad entre líneas

Walls Of Troy 2

Durante siglos, estuvimos convencidos que la Iliada era un hermoso relato fantástico producto de un grupo de bardos helénicos a los que el olvido unificó bajo el nombre de Homero. No era realmente un prejuicio: durante siglos, numerosos exploradores habían recorrido decenas de lugares en busca de la Troya histórica y del tesoro del Rey Príamo. Infructuosamente.

Sin pruebas, sin yacimientos y sin restos, la historia de la batalla entre aqueos y troyanos no podía ser otra cosa más que pura fantasía. Y los principales eruditos así lo defendían. Heinrich Schliemann no era uno de ellos. A mitad de camino entre un loco y un genio, Schliemann utilizó el texto de la Iliada como base, descubrió la Troya histórica y demostró que, en realidad, se trataba de una suerte de ‘cantar de gesta’ con partes ficcionales, sí; pero muchas partes totalmente sorprendentemente fidedignas.

Tu Youyou In 1950s

Hay historias populares, leyendas urbanas y tradiciones antiquísimas que ocultan informaciones muy importantes, segmentos importantes de la realidad. El premio Nobel de 2015 reconoció el trabajo de Tu Youyou, la científica china que utilizó las más modernas técnicas de investigación para estudiar qué funcionaba y qué no dentro de la medicina tradicional del país. En concreto, se premió el descubrimiento de la artemisinina, un nuevo tratamiento contra la malaria.

Usualmente este tipo de casos se suele usar como argumento a favor de las pseudoterapias. Sin embargo, quienes lo hacen no han entendido la moraleja de estas historias: es cierto que no podemos desdeñar ligeramente las historias tradicionales o los remedios caseros. Tan cierto como que la mejor forma de honrarlos es poniéndolos bajo la lente del microscopio.

La diferencia entre la ciencia y la pseudociencia no es la segunda respete más el conocimiento heredado que la primera. La pseudociencia coge ese conocimiento y lo embalsama: lo convierte en una momia que vuelve una y otra vez a asustar niños y crear epidemias.

La ciencia, en cambio, entiende que la mejor forma de protegerlo es mejorándolo, optimizándolo, haciéndolo útil. Aprendiendo qué es verdad y qué es mentira. Es decir, que la verdad puede estar ahí fuera, pero si no aprendemos a verla entre líneas, es como si no estuviera.

FUENTE: xataka.com

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